Magnifica Humanitas de León XIV exige una lectura en clave política; por supuesto es una orientación ética y espiritual de muy profundas implicaciones pero el documento también habla sobre las dimensiones actuales del poder y de los juegos del poder. En especial de aquellos que parecen estar por redefinir los márgenes de la realidad y la verdad compartidas.
Tal como hiciera el papa León XIII en 1891 frente a lo que se advertía como un cambio de época trepidante, y que a la postre transformó radicalmente el cuerpo social; ahora el Papa Prevost nos ayuda a entornar la mirada hacia el inquietante horizonte tecnocientífico y nos invita a que reconozcamos especialmente allí al ser humano integral. Es decir, al ser humano en toda su posibilidad terrenal y trascendente, como sujeto de la historia, pero también como percutor y destinatario de una prometida y esperanzada armonía.
El texto del Papa se coloca ante el advenimiento de un nuevo mundo donde la Inteligencia Artificial promete portentos y maravillas, pero bajo el cual también existe el riesgo de la edificación de un nuevo poder omnímodo, totalizante y descarnado.
En este nuevo escenario, se advierte que la humanidad entera deberá lidiar con un poder que, en principio, tiene la capacidad de definir los márgenes de la verosimilitud, o de moldear las reglas de acceso a los bienes y a la propiedad común, o incluso de modificar las formas ordinarias de las relaciones humanas. Un poder tecnológico cuyos insumos para funcionar (agua dulce, energía eléctrica, minerales exóticos) como sus productos resultantes (sistemas, modelos, simulacros de la realidad) van cambiando la piel del mundo.
Frente a esto, León XIV parece plantearnos preguntas políticas profundamente interpelantes: ¿Cómo participaremos plural y democráticamente de la edificación de ese futuro con este tipo de poder entre nuestras manos? ¿Cómo actuaremos, ética y responsablemente, como sociedad en el desarrollo del mundo que ya habitamos y en el que se avecina vertiginosamente?
Y, para iluminar al discernimiento, el pontífice recurre a un par de metáforas para ayudarnos a tomar una decisión determinante en el futuro de la humanidad. Una es la erección de la Torre de Babel, es decir: utilizar todas las fuerzas y los recursos disponibles desde el orgullo demiúrgico, para ir tan lejos como sea posible en la construcción de una ciudad que refleje nuestra vanidad. Y la otra metáfora es la Reconstrucción del Templo de Jerusalén; un paciente y colectivo compromiso donde se participa –no sin resistencias– en la restauración y reparación no solo de los muros sino de los sitios habitados por la sacralidad de la vida humana.
León XIV propone esta última actitud como la acción política necesaria: asumir la responsabilidad colectiva, participativa, plural, sanadora y paciente de custodiar y orientar las aspiraciones humanas hacia su verdad más profunda. Frente a los simulacros, promesas y alucinaciones de las nuevas formas de poder instrumental, Prevost –como lo hiciera Bergoglio en Fratelli Tutti– rehabilita al arduo, lento y dialogante camino de la política como esa tarea y altísima vocación de caridad, porque busca el bien común.
Ahora bien, el Papa no cae en ingenuidad ni eufemismos. El pontífice pone en advertencia concreta a “quienes disponen de poderosos recursos técnicos y económicos” porque “tienen una gran capacidad para convencer a un número significativo de personas acerca de cuál es la verdad sobre el ser humano, sobre el mundo, sobre el sentido de la existencia, e incluso sobre Dios”.
La advertencia del Papa es al riesgo de seguir por un camino de poder y sed de dominio que pretenda relativizar la verdad, que fantasee con asumir facultades que no necesitan justificarse, o que busca imponerse desde el control de la visibilidad, la moralidad, los consumos y los procesos políticos. Un camino capaz de cancelar realidades invisibilizándolas, de erigir o destruir valores humanos artificialmente, de expoliar los bienes necesarios para la especie humana y que prescinda del diálogo social –del acuerdo, la negociación y las tensiones– mediante la manipulación algorítmica.
Sin embargo, el documento no es pesimista; es realista frente a las grandes transformaciones y, en lugar de abonar a “entusiasmos ingenuos o miedos estériles” pide a la sociedad “desenmascarar estas nuevas asimetrías” de poder recordándonos que la verdad es un don compartido, es un bien común. La verdad, insiste el Papa, no es una posesión ni un territorio por defender, sino que “es un bien que hay que compartir”.
Porque además, León XIV también conjura el uso pernicioso de “la verdad”. Su uso retórico y político siempre ha motivado a élites y grupos de poder a pretender “adueñarse de la verdad” casi como si fuera un objeto de su posesión, provocando relaciones de superioridad, agresividad y desprecio. El Papa pide nuevamente perdón en nombre de la Iglesia e incluso reconoce que la institución católica debe liberarse de la tentación “de levantar la bandera de la posesión de la verdad” o de “añorar formas de presencia basadas en el poder”.
Frente a una nueva revolución total, frente al dramático cambio de época, el Papa exhorta a un compromiso colectivo desde un pensamiento dinámico: la nueva dimensión (algorítmica, tecno capitalista y ambiciosamente poshumana) en el juego de poder civilizatorio no debe hallar a una humanidad enajenada, recortando parcelas de seguridad y privilegios gremiales o culturales. Sino a una sociedad que se reconoce ante todo humana, terrenal y trascendente, diversa y plural, tensionada y discordante, pero capaz de madurar en el bien común, en la política del cuidado y la integración; y, sobre todo, capaz de asumir la convicción de que esta humanidad también “crece con el tiempo, en el entretejido concreto de las vidas, las comunidades y las culturas”.
Apunta el Papa Prevost: “Si el poder crece mientras el corazón se marchita y los vínculos se rompen, entonces estamos frente a una nueva versión de Babel: una construcción grandiosa, pero inhumana”. Por ello, la mirada que el pontífice nos recomienda para el umbral que advertirnos se enfoca en buscar colectivamente esa verdad compartida, en colocar el bien común como un dique ético frente a las fantasías del poder absoluto e ilimitado, y a servir a la verdad sin la tentación de querer ejercer su dominio. Ese es el gesto político y espiritual que pide León XIV a la sociedad humana en este horizonte y en el de mañana.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

