Me pasó a mí. Es real.
Planeaba un viaje a Oaxaca. Disfruto los días previos por dos razones: el viaje en sí y completar la lista de los libros por llevar. Era sábado, tres días previos a tomar el avión. Fernando está repantigado en un cómodo sillón amplio y gris, para más detalles, frente al librero más grande que existe en casa. Hay decenas, docenas, centenares y no creo que miles -en plural- de libros. De todos los tamaños y colores. De temas variados. Muchos esperando ese momento que creo que disfrutan los libros en espera de ser abiertos.
No tengo qué llevarme a Oaxaca.
La frase la pronuncié luego de hurgar por todos los entrepaños. En ese momento, así lo sentí y así lo expresé: no tengo qué llevarme…
Supongo que esa angustia angustiante e insoportable la sienten aquellos que frente al closet repleto de ropa, una hora antes de la gran cena pronuncian las lapidarias cuatro palabras: no tengo qué ponerme.
Dejé que la ansiedad se diera vuelo aquel sábado. El domingo, dos días antes de tomar el vuelo, volví al amplio sillón, replegable para mayor detalle, y volví a ver frente a frente el librero de pared a pared y de piso a techo. Dispuesto a vencerlo, así estuve cinco minutos y veintisiete segundos.
No tengo qué llevarme a Oaxaca.
No les cuento lo que sucedió el lunes, porque fue de locos… y aquí no vengo a exponer mis locuras. Bueno, sí un poco, pero no tanto. El resultado fue que hice lo inimaginable por primera vez en mi ya no tan corta vida: me compré un libro digital. Fue desesperación, porque no tenía qué llevarme a Oaxaca. De verdad, fue desesperación.
Traía entre ceja y ceja El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tibuleac, pero no lo había encontrado en físico. Y cuando a las diez de la noche de aquel lunes de extremos angustiantes y ansiedad llevada al límite máximo, mi dedo anular hizo clic el CVV de mi tarjeta y apareció completo el libro de la Tibuleac en mi iPad, con funda negra para mayor detalle, mi vida dio un vuelco. Había roto por primera vez la línea de la frontera de las compras de libros digitales.
Tatiana escribió un gran libro con un inicio cruel y despiadado. “Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás”. ¿Se puede ser más cruel?
El protagonista de la novela es Aleksy, que con el paso de los años, se convirtió en un pintor afamado. Su terapeuta le recomienda escribir sus memorias para avanzar en su proceso de nueva vida. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es, pues, el proceso que Aleksy vivió aquel verano de tres meses en un pueblo equis de la campiña francesa para aceptar a su madre.
La autora no se guarda nada. Lleva a Aleksy y a su madre al límite de sus emociones. Los presenta “sin anestesia”, aflorando las emociones extremas, tanto las alegrías como los enfrentamientos, que abundan en el texto.
En la novela, Aleksy es un adolescente con graves problemas psíquicos, de los cuales está consciente el Aleksy que escribe muchos años después. Tuvo una infancia terrible, con abandono del padre y una madre descuidada. Existió una hermana menor, que el jovencito adoraba, pero que falleció en un accidente. También problemas de drogas.
El verano relatado en la novela es el camino que ambos deciden tomar para tratar de encontrarse. Es un subeybaja. Nada fácil. Surgen en toda su explosión las errores del pasado que no se han corregido en el presente. Insultos y violencia verbal. Pero, poco a poco, Tatiana Tibuleac nos lleva a un cambio apenas perceptible que hace que ambos bajen la guardia y comiencen a medio entenderse.
En el vaivén de emociones, hay todavía un espacio vacío en los corazones que da pie a llenarlo con el otro. No comienza con el amor, sino con el tratar de entenderse. Y aquí la autora tiene el gran mérito de presentarnos con una narración plena a dos personas con grandes defectos pero personas al fin, que intentan rehacer su vida uno frente a la otra.
En el proceso de entendimiento va surgiendo un nuevo sentimiento, que toma de improviso a madre y a hijo. Y es cuando aparece un giro en la novela, que le da el toque de dramatismo al texto de la Tatiana. No quiero ser spoiler, y no diré nada respecto a cómo Aleksy se convirtió en pintor asistiendo a la Academia de San Carlos…
Sí diré que El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es una novela que muestra el proceso en que dos personas distantes se encuentran y llegan a la reconciliación, con no pocas vicisitudes, incluso sin querer conseguirla. Y todo con una narración despiadada, pero con una redacción bien cuidada.
Valió la pena el clic del CVV. También he de decir que a Oaxaca me llevé dos libros físicos, de los cuales hablaré en próximas historias.
Nos leemos… ¡Hay vida!

