He de confesar que soy adivino. Y disfruto haciéndolo. ¡Hasta presumirlo! El único detalle de este mi oficio es que en muy rarísimas ocasiones acierto a lo que intento adivinar. Hace tres años participé en una rifa de cinco números con dos premios; compré tres y no obtuve ninguno. De ese tamaño es mi certeza adivinatoria.
Sin embargo, con soberana alegría participo en cualquier concurso existente, con y sin precio, con y sin premio. Llevo veinte años comprando melate y gocé al máximo cuando obtuve hace seis meses y tres semanas un premio de 150 pesos, el máximo que he ganado. Así disfruto mi oficio de adivino.
Como cada año, por el mes de octubre se dan a conocer los ganadores de los premios Nobel y estuve al tanto días antes para hacer gala de mis artes proféticas en el 2025. Me interesaban, sobre todo, el de la Paz y el de Literatura. Nunca he atinado ninguno, pero con renovado optimismo hice mis predicciones.
Inusitadamente me di cuenta que ninguno de mis favoritos aparecía en la prensa internacional. No saben nada, me dije seguro de que ese año era el bueno en mi oficio. Sin embargo me llamó la atención que varios diarios hablaban de una escritora mexicana como candidata fuerte al Nobel de Literatura. Mis ojos se abrieron como platos. No había aparecido ningún mexicano (a) desde que Carlos Fuentes se nos murió un mediodía de una primavera calurosa hace ya casi 14 años.
Cristina Rivera Garza, la sudodicha.
Le conocía algunos escritos, textos por aquí y por allá. En el 2014 le leí La cresta de Ilión, pero no hice clic con la historia ni con la narración ni con los personajes. ¿Premio Nobel para la mexicana? Quizá no le haya leído más ni tan bien. Quizá.
Aprovechando el viernes de ofertas de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara el año pasado, Alicia -la heredera universal de mis libros- me conminó a comprar la caja de oferta de Penguin. Decidí comprar Ningún reloj cuenta esto, de la susodicha Cristina Rivera Garza.
Es un libro de ocho cuentos, con diferente longitud cada uno de ellos y con diversos personajes y estilos y temas tratados. Hay dos que no volvería a leer, porque no encontré el equilibrio del tema. No estamos hechos para todo. Sin embargo, los otros seis me parecieron de una calidad importante.
La candidateable muestra en estos textos algo que no logro definir, pero que me atrajo de su literatura. No entra de lleno a la historia. Hace un rodeo para ir conociendo de otro modo a los personajes, para irlos incorporando de poco a la trama, involucrando al lector en el desarrollo del cuento casi sin darse cuenta. Me gustó esta forma de hacerle frente a la historia. No es novedoso, por supuesto, pero la manera en que lo hace la escritora mexicana me atrajo. Casi me sedujo.
En la edición que tengo, la editorial decidió colocarle un pegote en la portada en el que informa que el libro incluye el cuento El hombre que siempre soñó, un relato seleccionado por el premio O. Henry de Ficción Breve 2023. No conozco el premio ni su fama, pero el cuento no fue de los que me agradó, aunque debo confesar que la trama -un poco larga- está muy bien llevada.
A mí me llamaron la atención el segundo y el último. El día en que murió Juan Rulfo es un cuento vivo, lleno de emoción y con una Blanca digna de mencionarse. Me parece que es un relato completo. Breve, conciso, preciso y macizo.
El último verano de Pascal es un relato con una velocidad digna de un long play de 33 revoluciones. Si usted tiene menos de 40 años de edad, tendrá que consultar con su padre o su madre para dilucidar lo que acabo de escribir. Pero es tan interesante que sus once página se consumen entre el final del primer cuarto y el inicio del segundo de una partido de los insufribles Dallas Cowboys. En esa brevedad, Cristina Rivera Garza hace gala de su bien escribir y nos lleva a conocer la historia de Teresa, Genoveva y Pascal, para terminar con un extenso último párrafo que muestra la calidad literaria de la mexicana.
En resumen, Ningún reloj cuenta esto nos presenta diversos cuentos ricos en literatura, en personajes que van y vienen mostrados por un excelsa pluma y con historias dignas de contarse.
Creo que Alicia hizo bien en conminarme a ingresar a ese lugar misterioso de Penguin, en donde siempre vaticino que no entraré por el mar de personas que se mueve por dentro de los reducidos pasillos y que ahora me indujo a llevarme a casa un digno libro de cuentos de Cristina Rivera Garza.
Ni la mexicana ni mis favoritos ganaron el Nobel. Sigo invicto en mis derrotas. Pero no pierdo el ánimo. Alguna vez podré vivir de mi oficio de adivino. Ya lo verán sus nietos, queridos siete lectores.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!

