Ciudad de México.- El arte cristiano atraviesa una crisis profunda: ya no sabemos leer las imágenes sagradas. La doctora Bárbara Aniello, docente de Iconografía Cristiana en la Facultad de Historia y Bienes Culturales de la Iglesia de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, ha dedicado más de ochenta publicaciones y centenares de conferencias a descifrar ese lenguaje visual que durante siglos fue el alfabeto de la fe.
Tras su conferencia magistral "Cristo, Príncipe de la Paz en el Arte Sacro. Cristo nuestra Paz en la Iconografía Cristiana" respondió a inquietudes sobre la maduración tanto de los elementos iconográficos de Cristo en el arte contemporáneo como en la apreciación de los mismos por parte de la sociedad actual.
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Nacida en Viterbo en 1971, Aniello es investigadora, violonchelista, musicóloga e historiadora del arte, posee dos licenciaturas —una en violonchelo por el Conservatorio A. Casella y otra en Historia del Arte Contemporáneo por la Universidad La Sapienza de Roma—, un doctorado con título de Doctor Europaeus por la Universidad de Padua y dos postdoctorados en Lisboa, donde investigó el diálogo entre las artes en el siglo XX. En 2015 se incorporó como docente a la Gregoriana de Roma, donde imparte cursos como "El símbolo en la iconografía cristiana" e "Iconografía cristiana", y donde ha dirigido proyectos de investigación sobre iconografía que culminaron en la creación de Sonus, la primera colección editorial dedicada a la música pintada y esculpida en los museos italianos.
Su trabajo no se limita a la producción académica, Aniello insiste en que la iconografía es, ante todo, un instrumento de evangelización: "Nosotros, profesores, amantes del arte, mediadores, tenemos una gran responsabilidad de reavivar el vínculo entre el pueblo de Dios y las imágenes", afirma en entrevista para VCNoticias.
Evolución del ícono de Cristo: del Buen Pastor al crucificado
La reflexión de Aniello sobre la iconografía del Cristo de la paz parte de una constatación incómoda: el arte contemporáneo ha transformado radicalmente la representación de Jesús:
"Las últimas evidencias de arte contemporáneo ven a un Cristo más bien alejado de la imagen del Buen Pastor de las catacumbas [de los primeros siglos del cristianismo] y cada vez más como el Cristo Crucificado", señala Aniello y afirma que dicha evolución no fue casual:
"La crucifixión fue durante siglos un tema difícil de representar.. Hasta el siglo V no tenemos una crucifixión, pero luego hizo un gran camino hasta que los artistas se pusieron casi en el lugar de Cristo, se autorretrataron y lo sustituyeron, casi simbolizando su propio sufrimiento".
Para la docente, este desplazamiento tiene consecuencias teológicas de primer orden pues, ahora, lo que falta en la iconografía cristiana actual con sentido evangelizador, no es tanto el Cristo crucificado por nuestra salvación, sino "la imagen de Dios creador". Desde su diagnóstico, la sociedad occidental contemporánea ha olvidado contemplar y admirar ese gran ícono que revela una verdad profunda: "Yo digo siempre que estamos en el siglo de la imagen, pero hemos perdido la Imagen con I mayúscula".
Así, esta pérdida del referente simbólico se traduce en una incapacidad progresiva para leer el arte sacro: "Desde la perspectiva del código, hay un vocabulario que hasta cierta época era instintivo: el pez significaba Cristo; el ancla, la paz. Era casi un diccionario entre la imagen y la palabra", explica. Sin embargo, tras el Renacimiento —que "también fue divertido", matiza— los artistas inventaron nuevos símbolos, nuevos códigos, "pero también se alejaron del pueblo". El resultado es una brecha entre el arte sacro y los fieles que solo puede cerrarse, según Aniello, mediante la labor de los mediadores culturales.
El regreso a las imágenes como camino de fe
Más allá de diagnosticar la crisis; Aniello reconoce un camino de restauración de esa mirada amplia y profunda. Dice que, como mostró el viaje apostólico del papa León XIV en Francia, es perceptible "una gana de renovación y de redescubrimiento de los valores sagrados". Y recuerda que ya desde el siglo VIII, san Juan Damasceno ofrecía una respuesta a quienes cuestionaban el sentido de las imágenes sagradas para el pueblo: "Si un pagano te pide que le muestres tu fe, muéstrale la serie de los cuadros sagrados". Para Aniello, esta máxima sigue vigente: "Es así como todavía se puede hacer hoy".
La clave radica en recuperar la función pedagógica y mistagógica de la imagen, no como mero adorno litúrgico, sino como espacio de encuentro. Y aquí la figura de María ocupa un lugar central, especialmente para América Latina. Anello confesó su profunda emoción ante la historia de la Virgen de Guadalupe de México: "Me emociona mucho esta historia y sus particulares. Sobre todo, el hecho de que ella se hizo imagen de su pueblo", relata.
Para Aniello, la Guadalupana encarna esa dinámica del encuentro que constituye la esencia de la experiencia religiosa: "El encuentro no ocurre nunca exclusivamente en el ícono: porque nosotros no vamos hacia la imagen, es la imagen la que nos sale al encuentro. Es María, quien lleva a Cristo, y quien nos sale al encuentro".
En sus palabras, esta dinámica convierte a la Virgen en el mejor camino para ir a Jesús "es la vía más directa, es la autopista que nos lleva a Cristo", una vía especialmente cercana para el pueblo mexicano, que la siente suya porque "se hizo también ella indígena".
La experta en análisis teológico e iconográfico revela que esa cercanía de Guadalupe con su pueblo se manifiesta en los muchos estudios que se han realizado sobre su imagen: "Porque sus rodillas danzan, danzan de alegría; sus estrellas se convierten en música; sus ojos retratan las escenas que ella vio en el momento de imprimirse en la tilma". Para Aniello, estos elementos no son ornamentales, sino teológicamente significativos: "Son signos de la inmensa cercanía de María y el acceso más directo para llegar a Jesús, Príncipe de la Paz".
Violencia y paz: una cuestión de encuentro personal
La reflexión de Aniello adquiere una urgencia particular cuando se enfrenta al contexto de violencia que azota a México y a otras regiones del mundo: "Es claro que la violencia, la guerra, son antípodas de la paz; pero la paz, como hemos visto, no es un concepto filosófico, no es un concepto teológico: es una persona". Por lo tanto, "mientras no haya un encuentro personal con Cristo, con Cristo persona, este cambio, esta conversión del corazón, no existe". De ahí la importancia de entrar en el camino del encuentro a través de la iconografía y el arte.
Por ello, la investigadora interpela directamente a educadores, artistas y comunicadores: "Es a través de la palabra y a través de la imagen que la evangelización es posible", sostiene. Pero ello exige asumir una responsabilidad: la de quienes pueden tender puentes entre el patrimonio artístico de la Iglesia y un pueblo que ha perdido las claves para interpretarlo.
En el marco del cambio de época y en que la violencia impone nuevas gramáticas sociales, Aniello propone la radicalidad sencilla de "volver a mirar". Volver a mirar el arte sacro no como un museo de certezas pretéritas, sino como un espacio vivo donde la Imagen con la I mayúscula —la del Dios creador y la del Cristo de la paz— sigue saliendo al encuentro de quien se atreve a buscarla. Y en esa mirada, quizá, encontrar un camino hacia esa paz que, como ella insiste, no es una idea o un concepto, sino una persona.

