La voluntaria excomunión en la que han caído los consagrantes y consagrados de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) con la ordenación de sus obispos del pasado 1° de julio en Écône, es un ejemplo vívido del tipo de tensiones que la Iglesia católica vive en la actualidad y las que, muy probablemente, continuarán creciendo y multiplicándose.
Para contextualizar, la Fraternidad en cuestión nació en 1970 como reacción a la ‘actualización’ que asumió la Iglesia con el Concilio Vaticano II (1962-1965). El movimiento reivindica una supuesta “tradición inmutable” [sic] que ha sido traicionada sistemáticamente por los últimos siete pontífices y por el resto de colegio episcopal global; porque, a su parecer, han introducido “errores modernos que representan una amenaza temible para el conjunto del orden católico”.
A pesar de que, durante años ha habido intentos de diálogo y conciliación institucional, la FSSPX ha avanzado con su certeza e incluso ha consagrado obispos de forma ilícita (es decir, sin permiso de la Santa Sede) para ordenar más sacerdotes y confirmar en sus comunidades a fieles adherentes al llamado ‘tradicionalismo católico’, es decir: para crecer su particular grey. La consagración episcopal ilícita les causó excomunión en 1988 y les fue levantada en 2009 no sin polémicas; y ahora, justo en el aniversario 38 de su autoproscripción, frente a una nueva consagración ilícita, los pastores de la Fraternidad volverán a estar excomulgados. El papa León XIV dijo que, además de lamentarlo, no podía hacer mucho si la FSSPX mantenía el curso de sus actos.
Al mismo tiempo, el superior general de la Fraternidad, Davide Pagliarani, publicó una carta abierta y una profesión de fe de 154 numerales escrita en planos absolutos; y que, a su parecer, tanto el Papa como el resto de cardenales y obispos del mundo deberían asumir pues: “La Tradición contiene todos los remedios para los males más profundos que afligen a la Iglesia y al mundo, y para los cuales se buscan en vano soluciones fuera de ella”.
Al final, la excomunión cayó sobre los dos obispos consagrantes (que ya habían sido previamente excomulgados y perdonados) y los cuatro obispos consagrados; también el Dicasterio para la Doctrina de la Fe confirmó el estatus de cisma y excomunión para todos los ministros de culto y fieles que secunden la actitud divisionista de los líderes de la Fraternidad.
Pero, ¿por qué es relevante este particular caso? ¿Por qué esta actitud de un puñado de ministros de culto “tradicionalistas” merece una atención delicada? ¿Y qué tiene que ver esto con los desafíos globales que la Iglesia católica contemporánea deberá enfrentar con mayor frecuencia en las próximas décadas? En síntesis: porque hablamos de dos Iglesias católicas distintas, de dos perspectivas de salvación diferentes y de dos paraísos paralelos que no parecen converger.
Lo que sucede en la FSSPX no es un fenómeno aislado; de hecho, es un síntoma creciente en muchos espacios del catolicismo actual. La Iglesia católica está en una etapa franca y acelerada de maduración, de evolución en su mirada teológica y profética; pero no todos los fieles o pastores creen que eso sea deseable o siquiera posible. Al igual que los “tradicionalistas”, muchos liderazgos cristianos no sólo exigen una manifestación simple y radical de los “verdaderos fundamentos”, de la “pureza sempiterna”, de la “restauración de todas las cosas”, de la “inmutabilidad del dogma”, de la “ley divina” y del “peligro eterno”, sino que están convencidos de que ellos conocen todo eso mejor que Dios y que son propietarios de esa verdad.
No son pocos los convencidos de que la Iglesia y sus pastores son una especie de aduana que revisa y valida los requisitos para garantizar un paraíso que poseen. Y en su código de lenguaje y actuación sólo hay dos fórmulas posibles: “¿Qué prohíbe la Iglesia? ¿Qué dice la Iglesia que debo hacer?” Los medios de comunicación, por desgracia, usualmente cooperamos en este reduccionismo abstracto y determinista al preguntarle a los pastores sólo en la lógica de obligaciones y prohibiciones.
Sin embargo, la maduración y evolución de la mirada teológica y profética es una constante milenaria que se confirma incluso en este siglo. Y por supuesto está cambiando y cambiará el rostro de la Iglesia contemporánea. León XIV en Magnifica Humanitas afirma que “la comprensión de la verdad como un don que hay que compartir y no como una posesión que hay que reclamar, libera a la Iglesia de la tentación de añorar formas de presencia basadas en el poder”. También dice que “la Iglesia no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad, porque la verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir… que no se impone desde lo alto, sino que crece con el tiempo, en el entretejido concreto de las vidas, las comunidades y las culturas”. Por supuesto, la Iglesia moderna no relativiza la verdad; afirma que la hay y que es una, pero que los seres humanos estamos del lado de un permanente perfeccionamiento en la historia para percibirla, entenderla y expresarla cada vez mejor.
Esa actitud descobija a los que han acumulado certezas. De hecho, el Papa Prevost recientemente ante los cardenales insistió en qué tipo de actitud pide a los pastores: “También nosotros, como toda la Iglesia, aprendemos caminando. La comunión nunca es un resultado adquirido de una vez para siempre… es necesario detenernos ante la realidad, mirarla con los ojos de la fe y dejarnos interpelar por la escucha de los hermanos”.
Estamos frente a un llamado formal para un cambio radical de actitud para los creyentes católicos. Para aquellos que creen que el viaje de la fe inicia desde la meta y va andando dándole la espalda a la realidad con la seguridad de que las certezas mentales y morales superan los misterios de la verdad revelada y encarnada; la Iglesia contemporánea les invita “a mirar de frente a la realidad, a escuchar lo que emerge, a reconocer los signos de esperanza que a menudo crecen en el silencio, a no ignorar las fatigas, las incomprensiones y las resistencias que pueden ralentizar el camino”.
Porque para el creyente, el paraíso ya no puede ser considerado como una propiedad ganada por cumplir rígidos y difíciles mandatos; sino que es el destino inmerecido tras un accidentado camino, del que no hay que cansarse de incorporarse.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

