Fui maestro universitario por 73 semestres en una Universidad privada, la Universidad Regional del Norte. La vi crecer de dos escuelas pequeñas hasta convertirse en una institución muy preciada en el norte del país. Aprecio a su fundador, el Dr. Daniel García Coello, y con él a todos los que la convirtieron en lo que es hoy, porque es cada vez más grande.
Convivir con mis cientos de alumnos – miles, en realidad-, fue de lo más enriquecedor en mi vida. Recuerdo por centenas las anécdotas que viví en las aulas.
Hace unos siete años, una alumna extraordinaria en sus calificaciones y en su madurez profesional me preguntó sobre el mayor hecho que me haya conmovido y transformado mi propia vida. No dudé ni un ápice. Me ocurrió en Villa Ahumada, el lugar en donde se comen los mejores burritos del mundo mundial y lugares aledaños. Era un domingo diez de mayo. Regresábamos de Las Cruces, Nuevo México, de la graduación de mi hijo Fer de ingeniero aeroespacial. Mi madre ya mostraba síntomas de su demencia senil. La tuve entre mis manos agonizando, o tal vez regresó de la muerte. No sé. Actué sin saber, dirigido por una paciencia divina, que no alcanzo a configurar como mía.

Al final de la explicación pormenorizada de ese hecho, a las 9:39 pm de aquel viernes de aquella plática en el salón 31 en la parte más perdida de todos los salones de la URN, atiné a decir: y es que si le buscamos bien hay hechos en nuestra propia vida que alcanzan para escribir media docena de novelas.
No he escrito aún las novelas de mi vida que me corresponden. Ya habrá tiempo, porque las historias están allí para ser contadas.
Pero Richard Flanagan ya lo hizo. Lo cuenta él mismo. “Después de algunos exámenes médicos, el especialista me dijo que en un corto plazo comenzaría irreversiblemente a padecer demencia senil. Sentí un golpe. Asumida la situación, me puse a escribir”.
Fruto de ese desenlace médico, nació La pregunta 7. Una especie de memorias de la vida del escritor australiano, para que antes de que cayera la demencia sobre su conciencia, quedaran escritos aquellos pasajes dignos de contarse como en una novela.
El título tiene la causa en un cuento de Anton Chéjov cuando escribió una parodia sobre ciertos problemas de cálculo entre colegiales, y el escritor ruso se preguntaba: “¿Quién ama más tiempo, un hombre o una mujer?”. Flanagan se interroga acerca de lo que plantea Chéjov: “¿Quién? ¿Usted, yo, un residente de Hiroshima o un prisionero sometido a trabajos forzados? Esta es la pregunta 7”.
Este texto no podría circunscribirlo a un solo género literario. No es novela, por supuesto, aunque existe un hilo conductor como en las novelas. Es crónica, es historia, es memorial de la propia vida, es reflexión sobe ciertos hechos y meditación ante la vida pasada.
Comienza cuando Flanagan visita el lugar en que su padre padeció el encierro durante la segunda guerra mundial en un campo de concentración en Japón. Allí, los lugareños no saben nada de su pasado. No saben o no quieren saber que allí donde están sus casas hubo un campo de concentración. Solo recuerdan que había una mina, la mina en que el papá de Flanagan y muchos otros cientos de australianos padecieron la esclavitud en pleno siglo XX.
Luego La pregunta 7 salta a diversos tópicos magistralmente redactados y contados por una pluma madura y sobresaliente de un Flanagan que da vueltas, va y viene, contando historias de la historia y reflexionando sobre la vida, porque “quienes ven el pasado con mayor claridad siempre son quienes nunca lo vieron”.
Me quedo con las historias sobre la bomba atómica y sus creadores. Flanagan cuenta como se fue configurando este proyecto, por qué los nazis no tuvieron su propio proyecto y cómo el piloto que la lanzó sobre Hiroshima vivió el momento.
Quizás el momento culmen de La pregunta 7 es el capítulo en el que el australiano cuenta el hecho que transformó su propia vida. Así como yo no dudé cuando mi alumna sobresaliente me interrogó, así Flanagan cuenta a detalle este hecho. Hacía kayak en un río con algunos amigos y cómo quedó atrapado en un recoveco que le impedía salir y que hacía imposible el rescate. Es un capítulo que vale todo el libro.
“No podemos ser lo que no podemos soñar. Y a veces descubrimos que vivimos en los sueños y las pesadillas de otros y soñamos de nuevo”.
Y es que si buscamos bien hay hechos en nuestra propia vida que alcanzan para escribir media docena de novelas. A Flanagan le pasó. En menos de un año La pregunta 7 estuvo lista, antes de que la demencia senil hiciera imposible cualquier tipo de escritura.
En la cita médica posterior a poner el punto final de La pregunta 7, Flanagan recibió la noticia del especialista. Había equivocado el diagnóstico: no sufría demencia senil. Tema increíble para contar en una novela.
Así yo, algún día me atreveré a contar todo lo sucedido aquel domingo diez de mayo, en el Restaurante Arizona de Villa Ahumada, aquel cuando vi que los labios de mi madre se tornaban morados mientras yo la sostenía en mis brazos y ella estaba prácticamente muerta, o totalmente muerta y regresaba. No sé…
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!

