Sabía que iba a llegar, pero no pensé que se fuera a agotar de inmediato. En el inter hice un poco de desidia. Cuando fui, dos días después de la fecha indicada de su llegada, me entero con que no alcancé. En ninguna de las dos librerías especializadas. Tenía dos alternativas, leerla por digital o bien la espera de unos diez días para que llegara la segunda remesa en impreso.
Elegí la espera.
No quise hacer caso a los muchos comentarios que había por todos lados. Solo leí un resumen en un portal y un análisis de mi amigo Jorge Traslosheros. Quise esperarme a tenerla en impreso y sumergirme por entero a ese espacio.
Magnifica humanitas, la encíclica del Papa León XIV “sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”, supo esperarme. Más de la cuenta, porque fui y la conseguí en el tiempo señalado, pero traía muchas distracciones en ese preciso momento, que tuvo que esperar en el buró de la recámara tres semanas más.
En un sábado de intenso fragor comencé su lectura. Toda la mañana había estado con mi nieto mayor y me había consumido casi el total de las energías que había reservado para toda la semana. Es una pirinola y habla tanto como yo. Con las primeras palabras de la encíclica recordé aquel 8 de mayo del año pasado cuando se anunció que León XIV fue elegido Papa y que Dora me preguntó de botepronto qué significado se le podía dar al nombre, y respondí de inmediato: continuidad a León XIII y la doctrina social de la Iglesia como punta de la lanza de este pontificado. Pues eso. Magnifica humanitas, esta primera encíclica, es doctrina social de la Iglesia, actualizada en tiempos de la inteligencia artifical. Nada más y nada menos.
Es oro molido. Está escrita con un plan específico, bien llevada paso por paso, sin alteraciones rápidas y con paciencia pero sin parsimonia. Casi como un libro de texto, que puede ser leída fácilmente sin que se tengan mayores conocimientos previos de doctrina. De hecho, León XIV la inicia citando los grandes principios de la doctrina social de la Iglesia. Bien común. Destino universal de los bienes. La subsidiariedad. Solidaridad. Justicia social. Y lo hace así “para que la humanidad nunca pierda su propia belleza y el mundo pueda reconocer una vez más, en el corazón del ser humano, el lugar donde Dios desea hablar”.
No olvida, por supuesto, el lugar que tiene la Palabra en el desarrollo del texto. “La doctrina social se convierte en una teología de la comunión; un lugar en el que la Palabra, hecha carne, sigue convirtiéndose en diálogo, memoria y profecía”.
Luego da un repaso histórico muy corto sobre las aportaciones de los últimos Papas al corpus de la doctrina social. Una síntesis muy resumida, porque quiere dar sus propias aportaciones a la realidad del hoy en concreto.
Ya establecidas estas premisas, la encíclica nos lleva a reflexionar sobre la dignidad de la persona humana. Punto que me parece primordial en todo el texto, porque León XIV vuelve una y otra vez a este tema de suma importancia. Ve como un riesgo “la tendencia a dejar que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas”. Así afirma el Papa que la técnica “no es un simple instrumento y que, cuando se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engrenajes de un sistema que sea cada vez más eficaz”.
La Inteligencia Artificial, “por su poder, puede actuar como un acelerador del paradigma tecnocrático y, por ello, necesita un nuevo marco espiritual, ético y político”. Y de aquí surge toda una reflexión oportuna, exacta, precisa, detallada y profunda sobre la IA.
“Si el desarrollo tecnológico avanza sin una adecuada maduración ética y social, puede suceder que aumenten los medios sin que crezca en la misma medida la humanidad: se ‘tiene más’ pero no se ‘es más’”.
Me parece que el párrafo 99 de Magnifica humanitas es el meollo del asunto. Conviene reflexionar en estas palabras, sobre todo aquellos que piensan la IA como una técnica sin límites para alcanzar la mayor efectividad humana.
“Hay que evitar el equívoco de equiparar esta ‘inteligencia’ a la humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Al hacerlo, a menudo la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en numerosos campos. Y, sin embargo, esta potencia sigure ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significa el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien o el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias (…), no conocen lo que producen”. Muchos qué reflexionar.
Llegado a este momento, pienso en lo que vendrá en los próximos años. Yo, por mi edad, voy de bajada en la parábola de la vida. Pienso en Ethan y en Élian, mis nietos. ¿Qué les espera sobre la IA cuando comiencen la universidad o cuando les toque implementarla en su vida laboral? Ojalá que los principios que en Magnifica humanitas expone el Papa León puedan llevarse a la práctica en esos tiempos venideros. Ojalá.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!

