Un gran impacto en el diálogo cultural ha generado la superproducción La Odisea (2026) de Christopher Nolan (Oppenheimer, El Origen, Tenet, Dunkerque) por haber irrumpido en las salas de cine con dos acentos importantes: Por ser un ambicioso filme de proporciones literalmente descomunales con una pléyade de histriones hollywoodenses; y por proponer una moderna relectura a la epopeya clásica sobre el retorno de los combatientes en Ilión a sus hogares después de la prolongada guerra entre los aqueos y los troyanos.
Sobre las técnicas cinematográficas hay mucho qué decir, especialmente sobre el tema de la fotografía pantagruélica en IMAX, sobre la brutal manipulación de la inervación parasimpática de las pupilas del espectador y sobre los artificios sonoros con los que la música (especialmente en escenas ambientadas con escalas de Shepard y el accelerando infinito de Risset) tensa constantemente a la audiencia hasta liberarla en el tañido solitario de una cuerda catártica.
La historia conocida sigue al rey Odiseo en su tortuoso retorno a Ítaca después de haber vencido –con su sagaz artilugio del caballo-ofrenda– en la guerra de Troya. En el poema homérico se destaca el ingenio, la astucia y la agudeza del héroe para sortear los obstáculos del periplo; sin embargo, el filme se inspira en el resto del ciclo troyano y especialmente en la Orestiada donde se relatan la destrucción de Ilión, el Nostoi (los regresos de los aqueos a sus respectivos reinos) y las consecuencias trágicas de la guerra. De hecho, la película toma un cariz trágico más que épico y se enfoca en un par de conceptos: la hospitalidad y la memoria.
En primer lugar, la interpretación de Nolan sobre la epopeya se acentúa en el tema de la ‘Ley de Zeus’. Es decir, la obligación de los hombres de acoger con respeto y generosidad a toda persona sin importar su condición o apariencia, por la posibilidad de que sea una deidad disfrazada. Prácticamente en toda la literatura griega antigua, los dioses se disfrazan de humanos para impulsar o motivar los acontecimientos que cumplen los destinos predispuestos; es por ello, que la cosmovisión compartida de los personajes en La Odisea incluye esta sentencia absoluta que determina el cauce de los hechos.
Si bien a lo largo del filme parece que los agonistas sufren sus dramas precisamente por cumplir con esta alta expectativa moral, la realidad los alcanza mostrándoles que han sido ellos los primeros que han violado el mandato divino. Como si fueran invisibles saetas desde el pasado, las consecuencias los han herido de muerte sin que aún se hayan dado cuenta. Así, los cánticos gloriosos en su memoria son paradójicamente el cieno donde emergen los temores que les atormentan y donde se pudren las penas que los condenan (en el filme, el inframundo visto como ese piélago oscuro y desértico es un acierto visual y narrativo).
Odiseo, el artífice, vence en la guerra; pero sus relatos le trascienden, le superan y navegan más rápido que sus propios anhelos, y le salen al paso en un regreso a un idílico pasado que ya no existe.
Por ello, el clímax del filme es tanto catarsis como anagnórisis; es una resolución que libera y es una revelación que transforma: se acabó una guerra y se concluyó el viaje de retorno, sí; pero hay otra hecatombe que ya ha iniciado y de la cual no hay a dónde volver. El filme presenta al artilugio del triunfo (a la herramienta del éxito, al arma de guerra) como un impúdico acelerador de un cambio de época radical, donde los héroes y los dioses se han esfumado para convertirse apenas en fantasmas. La hospitalidad por el miedo a los dioses humanizados ha muerto bajo el triunfo de los humanos deificados. Y esta reflexión es de una actualidad pasmosa.
Por ello, Nolan se enfoca en mostrar las dos navegaciones de Odiseo que nos interpelan en nuestros días: la que marcha hacia adelante (el relato épico), buscando el triunfo, su anhelada tierra, sus seres y bienes amados; y la que marcha hacia atrás (la memoria), reconstruyendo en la conciencia el sitio al que ya no puede volver pero del que puede aprender.
En nuestra época, el avance sin memoria nos coloca frente a un muy cercano horizonte donde “las aves muertas ya siembran el camino del progreso” como diría Zizek; y justo por esto la memoria, en este relato, no es sólo el recuerdo de las glorias y las penas sino el proceso de conciencia con el que hay que sanar y reconstituir.
La memoria nos ayuda a crecer en perspectiva, a abandonar los impulsos del momento y a derrumbar el pesimismo radical. La memoria nos revela lo que las tensiones y la urgencia del momento han ocultado, nos manifiesta lo vivido bajo otro filtro, con otra mirada más amplia y atemperada.
La memoria es, sobre todo, un marco social, una construcción narrativa tejida por nuestra identidad y pertenencia; y es un imperativo moral para visibilizar las injusticias y las víctimas antes de que sea tarde. Pues, “vivimos en un mundo de palacios, oficios, idiomas, cegados por la belleza... hasta que lo rompimos”, se lamenta Odiseo en quizá la mejor línea de toda la película; si eso no ilumina nuestras propias navegaciones, no sé qué lo hará.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

