Ethan, mi nieto mayor y quien heredará mi par de juguetes infantiles que aún conservo, me observaba atentamente mientras intentaba leerle un pequeño cuento de una niña que nadaba en el mar tranquilo en una blanca playa de una isla casi desierta.
“Mira, Ethan, esta niña es japonesa”. Y el próximo heredero apenas asomaba una sonrisa muy leve. Por más que le hacía señas para que viera la página ilustrada, Ethan estaba divertido con el cubo de Rubik y sus colores por todos lados.
Estaba a punto de desistir para tomar la espuma y hacer pompas con jabón, cuando el nieto alcanzó a ver la niña de la página ilustrada. Sonrió. Miró atentamente. Volvió a sonreír. Señaló la cara de la niña y se fijó detenidamente en sus ojos. Soltó una sonora carcajada. Luego dejó lo que traía en sus manos y se restiró los ojos. Fui yo el que soltó la carcajada.
Me caen bien los japoneses. Desde que veía la serie Señorita Cometa, en los lejanos años 70, sentí que debajo de su aparente tristeza había un gran compromiso con sus responsabilidades, lo que provocaba que sus pocas alegrías las vivieran muy en serio.
Fui conociendo uno que otro japonés en los años siguientes. Nadie se salía del estándar conocido. Aparentemente tristes, pero con alegrías intensas.
Luego comencé a leer a algunos japoneses. Una literatura distinta a lo que había leído, por lo menos a los autores a los que me acerqué. “Lee a Murakami”, me insistieron. Lo hice. No me convence, aunque cada año es nominado por el mundo de lectores como el próximo Nobel de Literatura. Leí románticos y clásicos japoneses, también uno que otro de gatos. Casi terminé la serie interminable de los cafés que se enfrían…
Es una literatura sencilla, que busca más la historia que la belleza de las palabras o la construcción de la narración, que gusta delinear perfectamente a los protagonistas y que escribe para ir directamente al tema principal, sin contar historias transversales. En fin, tiene su encanto, pero no siempre me encanta.
Por ello, aquel día que me encontraba en la entrada de la Librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo en la Ciudad de México y tomé Un suave suspiro de Nanae Aoyama, dudé en comprarlo. Pero amparado en la voz interior que me invitaba a llevármelo, salí con él.
Tiene todas las características que ya mencioné de la literatura japonesa que he leído hasta hoy. Sencilla, sin grandilocuentes párrafos, con tres protagonistas, una sola historia sin transversalidades y va directamente al clavo de la trama.
Madoka es una joven trabajadora con una rutina muy bien establecida. “Ir a trabajar, volver del trabajo, ir a trabajar, volver del trabajo. Así se repiten, idénticos, todos los días de mi vida”, dice Nanae a través de Madoka. Quizás centenares, miles y millones de personas vivimos de la misma manera.
En unos de tantos viajes entre el pequeño departamento en que vive y su centro de trabajo, en el transporte público, Madoka se encuentra con Füta, su hermano, a quien no ve ni ha hablado con él desde hace cuatro años. Ha vuelto sin que sepa para qué. Ni Madoka ni Füta lo saben. El hermano pide a la hermana quedarse unos días en el departamento de ella.
Surge un re encuentro entre ambos, que no acaba de profundizarse, pero al menos rebasa la superficialidad en la que han vivido todos los años de sus existencias.
Füta, todas las noches, llena con palabras y frases muy sencillas, un pequeño cuaderno. Madoka lo lee y descubre que es como un diario. Así, todas las noches Füta pregunta a Madoka qué ha hecho durante el día, y aquel escribe hoja por hoja lo que ésta le describe.
Con el paso de los días y semanas, la hermana vuelve al cuaderno para leer lo que su hermano ha escrito, y se descubre en una rutina sorprendente. No hay en su vida mas que un automatismo sin desvíos. Hace lo mismo, a la misma hora, con los mismos personajes, todos los días de todas las semanas de todos los meses… ¿de todos los años?
Nanae nos trae con Un suave suspiro una dura reflexión de lo que vivimos a diario en una ciudad que nos orilla a la rutina. Maduka descubre a golpe de leer un diario no escrito por ella -pero sí descrito por sí misma- que ni siquiera lo que ella llama diversión escapa al ciclo predecible de su vida. Un círculo que no tiene escapatoria de su circunnavegación…
Füta, que vive también su propia rutina pero al menos se da cuenta de esta situación, sin proponérselo ayuda a su hermana a huir de su vértigo lento y circular. Aunque ni él ni ella logran… y no le sigo porque sería ser spoiler al decir que ambos parten a los mares del sur para descubrir que es mejor estar sentados frente a la playa de blanca arena y tomar una taza de café antes de que se enfríe.
Ahora estoy escribiendo estas últimas líneas frente a la foto de Ethan que me regaló en el primer Día del Abuelo que me hizo vivir como tal, y lo recuerdo estirándose las sienes para hacer ojos japoneses y suelto la carcajada en la casa vacía mientras hay una taza de café a mi lado que comienza a enfriarse.
Quizás no alcance a escribir la próxima colaboración antes de que se informe el próximo Nobel de Literatura. Como siempre, anuncio que Susanna Tamaro lo obtendrá. Dicen los enterados que será mujer y que podría ser la mexicana Cristina Rivera Garza… Ya veremos. Me inclino por mi favorita.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!

