Recibí la noticia cuando la mañana no había llegado a su madurez. Él había estado internado en dos hospitales durante 20 días, y yo pensaba que era cáncer. La doctora nos aseguró dos días antes de que no era tal, y decidió hacer la cirugía la noche posterior. Falleció en el único rato en que no había nadie de los familiares a su alrededor, como queriéndose ir con toda la discreción que le caracterizó durante sus 80 años de vida.
Me habló mi hermano en un momento en que venció la emoción. “Falleció papá”. Así de corta la expresión, pero así de extensa la noticia. Iba yo conduciendo por la calle Dos de Abril en la colonia Guadalupe de mi natal Chihuahua. Me orillé y solté mi primer llanto. Un suspiro largo, al que le siguieron otros tres.
Era Miércoles de ceniza. 25 de febrero de 2009. Mamá había preparado capirotada para que comiera papá. Ya no la comió. En cambio, un hermano sí le dio su cocacola, refresco al que se aficionó mi padre desde joven y que nunca pudo dejar.
¿Qué cambia en la vida cuando fallece el padre? ¿Qué se le dice a la madre que ha perdido su compañero de vida y uno se ha quedado medio huérfano? ¿Qué se le dice a la esposa para sentir consuelo? ¿Qué se le dice a los hijos que han perdido al abuelo, que ha sido el guardián cariñoso de las tardes sin padres?
Pensaba, mientras lloraba detenido en la acera de aquella tranquila calle. Estaba solo y por ello me sentí con la confianza de soltar el llanto.
Al llegar a la casa paterna, abracé a los hermanos y a mamá. Veinte días atrás, allí mismo había abrazado a papá para llevarlo al hospital. Fue la última vez que pude estrecharlo en vida. Me quedó en la memoria el fulgor de su mirada.
Recordaba estos recuerdos mientras leía la contraportada de El camino de regreso es más corto, escrito por Valentina Farinaccio, en la Librería Infinito. Poco faltó para volver a llorar.
La novela de la italiana ronda la muerte de Giordano Lorenzini, escrita y asumida en su primera parte por tres plumas. Desde los recuerdos de la hija Vera, que tenía cinco años cuando falleció su padre. Desde la experiencia de Lia, la esposa, que cuenta cómo se sintió sola al morir su compañero. Y desde el amor de Santa, la madre de Giordano, que no sabe escribir otra cosa mas que hablar del amor filial.
En la segunda parte, se desvelan los secretos más íntimos de la familia, los nacimientos, el crecimiento, el abandono del pueblo natal, las soledades y la muerte de Giordano. En esa intimidad, la autora vuelca todos los sentimientos y llega al clímax ya casi al final de la novela, cuando la historia da un vuelco inesperado y se queda en suspenso toda la trama que ha llegado a ese punto sin retorno y que aunque se sepa el desenlace no se sabe cómo llegará.
Giordano fundó una librería en el pueblo, pero lo menos que le importaba era vender libros. Más bien se complacía cuando alguien llegaba a leer y el mismo Giordano podía contarle sus historias. Porque él mismo deseaba ser escritor.
Creo que la novela comienza más allá de la mitad, una vez que se han dibujado por completo los protagonistas. Aparece entonces un manuscrito escrito por Giordano en el que traza de alguna manera lo que ha sido su vida. La misión ahora la tiene Vera, para completar el manuscrito que su padre no ha terminado.
Vera que no tiene ningún recuerdo de su padre, porque falleció cuando ella tenía cinco años como lo dije más arriba, ahora debe indagar la vida de Giordano para escribir el desenlace del manuscrito. Allí es donde comienza a entender muchos de los secretos con los que ha vivido pero que no ha tenido reparo en reflexionar.
Vera entonces se interroga, como lo hice yo. ¿Qué cambia en la vida cuando fallece el padre?
La hija hace un recorrido hacia atrás para darle sentido a la muerte y a la misma vez, darle sentido a su propio presente. La italiana Farinaccio hace meditar a Lía para que en plena contemplación ante la muerte pueda decir desde la profundo: “Si tú supieras cuánto te pierdes en esta vida mirando solo lo que se ve”.
Algo semejante a la frase más famosa de El Principito.
Sí. Tengo una debilidad por los autores italianos, comenzando con la entrañable Susanna Tamaro. Pero aquí Valentina me ha puesto frente a tantos recuerdos, que me es imposible terminar la novela sin recordar tantos pasajes vividos con mi padre, que tardé tres tardes en concluir las últimas diez páginas.
He de decir, sin embagro, que no quiero ser como Vera, que se atravió a decir: “Que las cosas solo son cosas, y los lugares nada más que lugares. Que la gente muerta, muerta está, y que lo que tenían se lo llevaron, aunque no lo parezca, y que la habitación donde estaban pierde su olor y su ruido y se convierten en un cuarto cualquiera, donde a fin de cuentas no hay nada que nos llame la atención”.
Y no. No quiero ser Vera. Pon que a lo mejor en las cosas materiales hay mucho de razón. Pero no en las personas. Mi padre, aunque muerto, está vivo de alguna manera. Está vivo en nuestros recuerdos. Y lo recuerdo cuando me tomo una cocacola y como la capirotada que él no pudo comerse.
Y lo recuerdo tan bien, como en aquel Miércoles de ceniza cuando me fundí en un solo abrazo con mis hijos Fer y Alicia cuando les di la noticia frente a la casa de Mamá Luz que había fallecido su Papá Chente.
Papá sigue vivo. También Mamá, mi hermana Alicia, mis padrinos, Mamá Luz, el Padre Díaz, mis tíos, mis primos, Chago Marín… y a ellos y otros muchos más los recuerdo este 2 de noviembre.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!

