Cuernavaca, Morelos.- Si bien no se debe 'normalizar el mal' ni ignorar la injusticia, Ramón Castro Castro, obispo de Cuernavaca y presidente del Episcopado Mexicano, exhortó a la ciudadanía a dejar de enfocarse en el mal y fortalecer el bien desde el entorno cotidiano.
Durante la misa dominical en la Catedral de Cuernavaca, el obispo Castro reflexionó sobre la parábola del trigo y la cizaña. Invitó a la comunidad católica a no centrar su atención en el mal y a dedicarse a hacer crecer el bien, confiando en que la paciencia de Dios ofrece siempre la oportunidad de transformar la vida de las personas.
La mirada de Dios frente a los errores humanos
Castro Castro señaló que, a diferencia de los seres humanos, quienes suelen buscar soluciones inmediatas y juzgar con rapidez, Dios contempla la historia completa de cada persona y no la define por sus errores o momentos de debilidad. El obispo destacó que "la paciencia de Dios nace del amor" y ofrece siempre la oportunidad de transformar la vida.
El obispo subrayó que el Evangelio no invita a ignorar la injusticia ni a normalizar el mal. En cambio, reconoce que en cada persona existe una semilla buena que puede desarrollarse con la gracia de Dios. Añadió que esa mirada misericordiosa debe reflejarse en la convivencia familiar, comunitaria y laboral, donde todos enfrentan limitaciones, pero también poseen capacidad de cambio. El líder religioso enfatizó la necesidad de tener paciencia con el prójimo en tiempos difíciles.
Pequeñas acciones que transforman la realidad
El obispo también subrayó que el Reino de Dios suele comenzar con acciones pequeñas, comparables a la semilla de mostaza o a la levadura, que actúan de manera silenciosa, pero generan grandes transformaciones. Por ello, invitó a convertir los esfuerzos cotidianos en gestos de paz, solidaridad, justicia y amor, convencido de que esas pequeñas obras producen frutos abundantes. La comunidad recibió el mensaje con atención ante la urgencia de paz en el estado.
Castro Castro recordó que el Espíritu Santo acompaña a las personas incluso en los momentos de mayor fragilidad, cuando faltan palabras para orar o afrontar las dificultades, fortaleciendo el corazón y manteniendo viva la esperanza.
Como conclusión, el obispo afirmó que "el verdadero discípulo de Cristo no debe gastar la mayor parte de su energía lamentándose por el mal que existe en el mundo, sino dedicarse a fortalecer el bien desde su entorno", confiando en que esa es la forma en que Dios transforma la realidad.

