Monterrey, Nuevo León.- La inteligencia artificial ya no es un asunto de laboratorios o de empresas tecnológicas. Está en los algoritmos que seleccionan a un candidato para un empleo, en los sistemas que otorgan o deniegan un crédito, en las plataformas que determinan qué información llega a una persona y cuál queda oculta. Ante esta realidad, la Iglesia Católica planteó una pregunta que trasciende lo técnico: ¿qué ocurre con la persona humana cuando una máquina decide sobre su vida?
Durante la conferencia para explorar la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV, organizada por la Pastoral Digital de la Arquidiócesis de Monterrey en el Centro de Retiros Santa María de Chipinque, Lucio Ruiz, secretario del Dicasterio para la Comunicación del Vaticano, sostuvo que el debate sobre la inteligencia artificial no puede reducirse a sus capacidades técnicas. Detrás de cada herramienta hay personas que toman decisiones sobre su diseño, sus objetivos y la forma en que será utilizada.
“La tecnología no es en absoluto y nunca neutra, porque siempre tiene una intención, un desarrollo y consecuencias”, afirmó.
La revolución silenciosa que ya cambió la vida cotidiana
En México, el 78 por ciento de la población de seis años o más es usuaria de internet. La inteligencia artificial ya forma parte de la vida diaria: desde los motores de búsqueda que recomiendan noticias hasta los sistemas de reconocimiento facial que vigilan espacios públicos. Sin embargo, su expansión ha ocurrido con poca discusión pública sobre sus límites.
Ruiz advirtió que el uso de inteligencia artificial deja de ser un asunto exclusivamente técnico cuando sus sistemas intervienen en decisiones relacionadas con el empleo, los créditos, los servicios o la reputación de una persona. Una decisión automatizada puede abrir o cerrar oportunidades para alguien.
"El problema -explicó- es que una máquina no puede valorar aspectos como el perdón, la misericordia, la compasión o la posibilidad de que una persona cambie".
Por ello, señaló la necesidad de que existan mecanismos de supervisión y que determinadas decisiones no queden únicamente en manos de sistemas automatizados.
Uno de los planteamientos centrales de la conferencia fue la necesidad de conocer cómo funcionan las herramientas de la IA y, sobre todo, decidir para qué deben utilizarse: “Desarmar la inteligencia artificial para humanizarla”, dijo Ruiz.
La tecnología, explicó, puede ser una ayuda para las personas, pero no debe ocupar el lugar de su conciencia, libertad y responsabilidad. Por ello, pidió no considerar las limitaciones y la fragilidad humana como problemas que la tecnología debe eliminar. Son parte de la vida de cada persona y deben ser respetadas.
El llamado a “desarmar” la IA no implica rechazarla, sino comprender sus mecanismos, sus sesgos y sus consecuencias para que no se convierta en un poder invisible que decide sin rendir cuentas.
La encíclica que puso a la persona en el centro del debate
La conferencia de Lucio Ruiz se inscribe en un esfuerzo más amplio de la Santa Sede por orientar el desarrollo tecnológico. El 25 de mayo de 2026, el papa León XIV publicó su primera encíclica, Magnifica Humanitas, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial.
El documento, firmado el 15 de mayo en el 135 aniversario de la Rerum novarum de León XIII, parte de una premisa: la tecnología no es un mal en sí misma, pero “no es neutra, porque asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza”.
Ruiz subrayó que el debate de fondo no es solamente sobre la inteligencia artificial, sino sobre el ser humano frente a una tecnología que avanza con rapidez: “No es una encíclica sobre la inteligencia artificial, sino sobre la persona humana, sobre la dignidad de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”, señaló.
El reto, concluyó, es aprovechar las posibilidades de la tecnología sin dejar de lado aquello que corresponde exclusivamente a la persona: pensar, crear, decidir, relacionarse con los demás y asumir responsabilidad por sus actos.
Ruiz indicó que buena parte de la innovación tecnológica ya no depende de los Estados, sino de empresas privadas que cuentan con recursos y capacidad de influencia considerables. Actualmente, el desarrollo tecnológico está liderado principalmente por actores privados, muchos de ellos con una capacidad de influencia incluso superior a la de numerosos gobiernos. Por ello, consideró necesario que el desarrollo de la IA sea acompañado por criterios éticos y reglas que protejan a las personas.
La preocupación del Vaticano no es abstracta. En el ámbito laboral, los sistemas de IA ya filtran currículums, evalúan desempeños y predicen comportamientos. En el educativo, los estudiantes recurren a herramientas automatizadas para elaborar trabajos, lo que plantea interrogantes sobre la originalidad y el esfuerzo. En el ámbito judicial, algunos países experimentan con algoritmos para determinar sentencias o perfiles de riesgo.
En todos estos casos, una máquina puede procesar datos con velocidad, pero no puede comprender el contexto, la historia personal o las circunstancias que rodean a cada persona. La IA, advertida por el Papa, corre el riesgo de reducir al ser humano a un conjunto de datos y de ignorar su dignidad.
Los jóvenes, en el centro de la preocupación
Ruiz, quien fuera durante el pontificado de Francisco el secretario del Dicasterio para la Comunicación, se refirió al uso de la IA entre los jóvenes. Advirtió que depender demasiado de la inteligencia artificial puede afectar la creatividad, la investigación y el pensamiento crítico.
Ante esta situación, sugirió procesos educativos a los usuarios para que aprendan a utilizar la tecnología sin dejar que ésta haga por ellos aquello que corresponde a su propio esfuerzo y capacidad.

