Después de 36 años y medio, es decir 73 semestres, el pasado 18 de diciembre dejé de dar clases en la Universidad Regional del Norte, de Chihuahua. En la mayor parte de ese período, impartí mis clases muy temprano por la mañana y muy tarde por la noche. Me retiré feliz con una planeación debidamente estudiada en los últimos cinco años. Era el momento justo y oportuno.
¿Qué vas a hacer en ese tiempo en que dabas tus clases? Era la pregunta que casi todos me hacían y me siguen haciendo. Estaba pensado. Levantarme un poco más tarde, con el consiguiente incremento de sueño. Leer. Ir a conciertos, conferencias, presentaciones de libros. Caminar. Visitas a amigos. Gozar los ruidos de la Creación. Visitar el Archivo Diocesano. Platicar. Meditar y orar…
No me he aburrido. Tampoco me inquieto si de pronto un día me quedo sin hacer nada sentado en mi reposet observando como pasa tranquilamente cada segundo. No tengo apuro por el tiempo. En serio. Me ha servido para vivir el tiempo sin prisas. Experimentar el tiempo. A diferencia de los anteriores 36 años y medio en que mi vida era un trajín por tanto compromiso laboral.
Disfruto ahora.
Como disfruté la lectura de Momo, el extraordinario libro de Michael Ende. Había leído algunas reseñas, pero no me atrevía a acercarme a él. Lo vi en la Feria del Libro de Chihuahua el año pasado, luego en la FIL de Guadalajara 2026, también en un stand de la feria navideña en el centro histórico… Tuvo que aparecérseme en la Librería Infinito para tener el valor de adquirirlo.
Me gustó de principio a fin.
Momo es una pequeña niña de edad indescifrable. Quizá de unos nueve años. No se conoce mucho sobre su vida anterior. Algún párrafo menciona que escapó de un orfanato, por lo que se supone que debe ser huérfana. Vive en un hueco de un antiguo anfiteatro de una enorme ciudad de la que no se dan mayores datos.
Con una narración sencillísima, Michael Ende, nos somete a una dosis permanente de reflexiones profundas sobre la escucha y sobre el tiempo. Me recordó a El Principito. Es del mismo estilo. Una literatura juvenil para todos los que se sienten jóvenes, sin importar la edad.
Momo tiene muchos amigos porque tiene un don increíble. Sabe escuchar. No juzga. No da consejos. Habla muy poco. Dispone y da a manos llenas el tiempo necesario para cada quien. Por todas estas razones su humilde morada en el antiguo anfiteatro siempre está llena de amigos. Amigos de todas las edades y de todas las condiciones sociales y económicas. Todos acuden porque se sienten escuchados por Momo. Ese es el gran don de la niña de la edad indescifrable.
Pero Ende no se queda en una realidad santurrona y superficialmente moralizante. Aparece el mal. Los hombres grises aparecen en escena. Y con ello, el escritor alemán fallecido en 1995 da rienda suelta a través de sus reflexiones sencillas con Momo de protagonista a una crítica social de nuestra época. Y aunque Momo fue escrita en 1973, sigue siendo tan válida como hoy esa crítica social de Ende. Creo que hoy más que nunca.
Esto porque los hombres grises que aparecen a partir del sexto capítulo de Momo son hombres elegantemente vestidos que roban el tiempo de las personas, haciéndoles creer que presuntamente lo están ahorrando, cuando en realidad se los roban y luego lo esconden en un almacén del tiempo.
Todos los habitantes de la gran ciudad caen en la trampa. Comienzan por hacer las cosas más rápido creyendo que ahorran tiempo, cuando en realidad les es robado. De poco en poco la ciudad entera se va enrolando en muchas actividades que los van alejando de sus propios amigos. Ya no disfrutan lo que hacen, porque todo se basa en la rapidez y en la utilidad de lo que se hace. Nada se hace por placer, sino pensando en la utilidad.
Los amigos de Momo desaparecen y se convierten en personas que persiguen el ahorro del tiempo y ya no lo tienen ni siquiera para disfrutar la compañía de Momo.
Michael Ende, con una gran sencillez, da cuenta de cómo Momo descubre el engaño y trata de salvar a la humanidad de los hombres grises. Todo está en el poder de entender el tiempo.
Momo me hizo pensar en serio en mi tiempo. El tiempo que ahora comienzo a disfrutar porque puedo planear con libertad lo que puedo hacer. Ora leer. Ora ver TV. Ora caminar. Ora dedicar largas horas a los amigos. Ora disfrutar el aroma del café recién hecho. Ora escuchar las reflexiones de RezandoVoy. Ora disfrutar el tiempo que pasa tan rápido y tan lento como antes pero que ahora disfruto porque lo vivo con pausa y tranquilidad.
Momo me ha enseñado la alegría del tiempo. Me queda todavía profundizar en la escucha, no juzgar, no aconsejar, no hablar… saber escuchar el palpitar del corazón ajeno para empatarlo…
Disfrutar el tiempo. Escuchar. Momo.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida! Es Cuaresma… tiempo de escucha.

