Los recientes resultados del examen de ingreso a la licenciatura en la Universidad Nacional Autónoma de México han generado un sinnúmero de conversaciones respecto a las tendencias inéditas en el número de aciertos logrados por los aspirantes en comparación con los años precedentes. Y el asunto merece algunas reflexiones.
Por primera vez en la historia, el examen de admisión se realizó completamente en línea. Presentaron la prueba 158 mil 712 personas (aunque se habían inscrito 191 mil y eso merece otra mirada crítica sobre la accesibilidad) para conseguir uno de los 21 mil 962 lugares ofertados; lo que significa que finalmente sólo accedería el 13.8% de los aspirantes, y el criterio de selección serían los puntajes más altos para cada carrera.
Para evitar que los aspirantes utilizaran herramientas de apoyo o que directamente hicieran trampa, se programó un sistema de IA para detectar patrones atípicos y también se realizó un monitoreo humano a lo largo del examen.
Sin embargo, tras la publicación de los resultados ha crecido una intensa polémica por la distribución anómala de los puntajes en ellos. Según los datos analizados, se muestra un desplazamiento evidente hacia mayores aciertos en la mayoría de los exámenes.
El examen es de 120 reactivos; y, en este 2026, la cifra de aspirantes que lograron aciertos en 110 preguntas o más creció en 5.6 veces respecto al año anterior. En principio, que la media de resultados sea mayor revelaría únicamente un mejor desempeño de los aspirantes; sin embargo, hay sospecha de que estos resultados inéditos sean producto de un fraude semi-generalizado en el que los aspirantes utilizaron herramientas tecnológicas para mejorar su rendimiento o que directamente suplieron sus capacidades cognitivas con las de la IA.
Según la propia universidad, sólo fueron cancelados menos del 2 por ciento de los exámenes presentados en línea debido a “conductas irregulares” a la hora de realizar la prueba; pero eso no explica del todo el fenómeno.
Algunos aseguran que la tendencia de la mayoría de los aspirantes a tener mejores resultados se debió a que experimentaron menor ansiedad o presión al no estar en un aula presencial o que pudieron gestionar mejor su preparación con simuladores de exámenes virtuales. Y si así fuera, sólo habría que preocuparse por esos 32 mil 500 aspirantes inscritos que finalmente no se presentaron, quizá por carencias estructurales.
Pero la súbita subida de los puntajes propicia otros debates: si resultara cierto que el examen no representa ya un reto para una generación aparentemente mejor preparada, entonces hay que repensar el modo de admisión; y si el examen en línea ha propiciado que algunos tomen ventaja ilegítima con herramientas de la IA, entonces hay que replantear el sentido de la educación universitaria popular y pública.
Que el puntaje mínimo para acceder a una carrera universitaria haya subido en función de los resultados anormalmente altos no es el problema; la inquietud es si las anomalías están dejando fuera a dos tipos de estudiantes: a quienes tienen menos recursos de asistencia estructural (herramientas, programas, sistemas, etc) o a quienes, incluso teniéndolos, han elegido la honestidad intelectual frente a un modelo de selección que juzga los fines y no los medios, el éxito y no el proceso.
Por lo tanto, el problema no es tecnológico, sino ético. La UNAM, por ejemplo, tuvo que presentar denuncias penales contra empresas y prestadores de servicios que garantizaban el ingreso a los aspirantes no por apoyarlos en sus estudios sino en métodos para ‘hackear’ al sistema. Pero entonces, qué va a hacer con los aspirantes que su examen seleccionó y que quizá obtuvieron un sitio en la Universidad gracias precisamente por haber vulnerado un código ético imponderable (la honestidad), que al final es más importante que cualquier código computacional.
Como el resto de las actividades humanas, la educación contemporánea no puede sustraerse del gran cambio que propone la IA a nuestra sociedad. Pero las instituciones sociales, especialmente las públicas que sirvieron durante generaciones a equilibrar las desigualdades estructurales o favorecer la movilidad social, no pueden estar limitadas por visiones deterministas de exitismo o utilitarismo tecnológico. Se requiere volver a ponderar criterios éticos y sociales, incluso morales.
Pienso, por ejemplo, en un aspirante que, con todo el esfuerzo, dedicación y respeto a las reglas, alcanzó un puntaje alto con el que habría podido ingresar a su carrera profesional; pero que quedó fuera porque una decena de aspirantes –más aventajados tecnológicamente que aquel o directamente chanchulleros– rompieron la prueba con puntajes casi perfectos. El único aprendizaje que se podría recuperar de este caso sería funesto. El aspirante rechazado pero honesto se preguntará si vale la pena seguir siéndolo; y los elegidos, por su parte, se preguntarán hasta dónde podrán estirar esa actitud maniobrera. En todo caso, serán la educación y la sociedad las que terminarán perdiendo.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

