A finales de los años 70, en medio de la dictadura militar argentina y de la sistematización de mecanismos de desaparición forzada, tortura, centros clandestinos de detención, vuelos de la muerte y robo de bebés a detenidas desaparecidas, el periodista José Ignacio López se atrevió a preguntar de frente a capo militar Jorge Rafael Videla sobre los desaparecidos. La respuesta (“No están, no existen, son desaparecidos”) no sólo evidenció ayer como ahora la indolencia de los poderes autócratas. También revela el recurso con el que el sátrapa acalla su conciencia: si “no están”, si “no existen”, entonces no merecen atención.
Hoy, aunque las condiciones formales que generan la crisis de desaparecidos en México son de índole completamente distinta –porque las entonces dictaduras latinoamericanas patrocinadas por EU usaron la fuerza del Estado para exterminar la disidencia de la izquierda social mientras que la crisis actual de desapariciones en México se debe a la impunidad y connivencia con las que las fuerzas fácticas y criminales operan en nuestro país–, existe el grave riesgo de que la conciencia de los poderes estatales y de la sociedad en general se apeguen al mismo subterfugio mental: negar la realidad para evitar que sus voces y rostros nos interpelen profundamente.
Aquí es donde entran algunas iniciativas que desde las instituciones religiosas se han implementado para rescatarnos de la indiferencia: los encuentros de escucha periódicos con madres buscadoras y familiares de desaparecidos; la compilación de nombres, fotografías, lugares y fechas de desaparición para mantener viva la memoria de las personas desaparecidas; y los buzones de paz, que en varias partes del país son una verdadera oportunidad de involucramiento social y comunitario en la esperanza de dar con el paradero de los desaparecidos.
El encuentro personal con madres buscadoras y familiares de desaparecidos es fundamental para reconocer el drama en toda su complejidad. No sólo por escuchar sus palabras sino para contemplar los silencios y las lágrimas, para abrazar esa ausencia que, paradójicamente, se extiende en toda su vida cotidiana.
En uno de los recientes encuentros organizados por la Arquidiócesis de México, las madres de desaparecidos expresaron en sus propias palabras lo que necesitan de la sociedad, de la Iglesia y de las autoridades. Resulta interpelante que su principal petición sea la sensibilidad ante su drama: “No nos juzguen… acompáñenos… por favor, no nos quiten los boletines [de reportes de desaparición] que colocamos”.
Sin acusar directamente, las voces de las madres buscadoras no sólo revelan la indiferencia social respecto al drama de los desaparecidos sino la indolencia ante las duras circunstancias que se viven en la búsqueda. Por ejemplo, la señora Guadalupe Alejandra compartió su desgarrador testimonio: “Busco a mi hija Yoselín Pérez Aguilar, desaparecida el 31 de marzo de 2022. Antes de ella, desapareció mi hijo Juan Jesús el 23 de septiembre de 2017. A raíz de su ausencia, asesinaron a su papá, Juan Arturo Pérez Gámez, por buscarlo. Después desapareció Yoselín, y en ese mismo 2022 asesinaron a mi hija Guadalupe Alejandra, de tan solo 16 años, por buscarla y denunciar al crimen organizado”.
La señora Guadalupe ahora vive en soledad este drama, desplazada, imposibilitada de garantizarse por sí misma un espacio seguro, una vida digna y una paz plena. El resto de las madres la acompañan con un “No estás sola” que trasciende la consigna. Los apoyos que ha recibido como una pequeña manutención, un sitio donde dormir y asearse, un espacio dónde la escuchen y los brazos que la conforten, son un mundo que suele hacer la diferencia para ella.
En medio de esta situación algunos líderes religiosos han tomado picos y palas para acompañar en las búsquedas de forma directa, otros han abierto sus recintos religiosos para darles alojamiento y comida además de la asistencia espiritual.
El colectivo Diálogo Nacional por la Paz además ha implementado la iniciativa “Un nombre, mil voces” para hacer llegar los rostros y las historias de desaparecidos a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y al papa León XIV. Finalmente, la iniciativa de Buzones de Paz (nacida hace más de 10 años e implementada paulatina y pacientemente en diálogo con madres buscadoras) espera poder mantener una vía de comunicación sensible entre la sociedad y las familias de personas desaparecidas.
Claramente, las autoridades civiles tienen una responsabilidad inmensa para buscar y promover mecanismos para garantizar justicia social. Sin embargo, como estas iniciativas provenientes de instancias religiosas demuestran, muchas veces no se requieren grandes recursos económicos ni complejos operativos. A veces solo se requiere abrir la posibilidad de diálogo, de encuentro, de acompañamiento, fomentar la conciencia social, nutrir la solidaridad y sostener en la esperanza a aquellos miles de nombres y rostros de los que hacen falta.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

