Primer día de clases. No conocía aún a mis alumnos, que rondaban los 30 años en edad promedio. Me gustaba comenzar con su presentación y sus generales, sus gustos, sus hobbies, su familia… Cuando terminaban, seguía yo. Al final, respondía las preguntas que me quisiesen hacer.
“¿Cómo desea que le digamos? ¿Profesor? ¿Maestro? ¿Contador?”.
Lo cierto es que nunca me he detenido demasiado en mis títulos. Me los pongo solo si es necesario. Soy de la teoría de que al final de la vida, Dios me llamará por mi nombre y no por mis títulos, así que desde ya quisiera acostumbrarme. Pero no me opongo si alguien los usa para conmigo.
“¿Profe? ¿Conta? ¿No se enoja si así le decimos?”.
La realidad es que siguen siendo títulos. No me importa si están enunciados en su totalidad o en su hipocorístico. (Desde que conocí esta palabreja, siempre la quise usar, y no había podido hasta hoy. Bendito día).
Entre la familia y los amigos soy Fer o Ferna. A Toño Chihuahua lo recuerdo llamarme Nando. En la oficina soy Don Fer. Algunos me ubican como “mi Fer”. En clases lo mismo soy el profe, el conta o el maestro. Alguna vez, me llamaron jefe. En ciertos sectores, sin saberlo, cuando comienzan a tratarme me dicen padre, por la cercanía que tengo en el trabajo de la Iglesia. Mi hijo me dice Apá. Para mi nieto Ethan era Tuabuelo, aunque ya comenzó a decirme simplemente Abuelo, así completo. Alicia, la heredera de casi la totalidad de mis libros, me llama Walter. Dora, durante un buen tiempo, me llamó viejo. La nuera Fer me llama señor. Lo mejor es cómo me llama Sol: ¡Guau! Sol es una pastor belga propiedad de mi hijo.
Es más, yo mismo no escribo mi nombre completo en mis textos, muy a pesar de mi madre que cuando estaba lúcida me regañó alguna vez porque solo vio la jota final y no el Jácquez completo de su estirpe.
Así que cuando vi que la protagonista de Con todas mis letras se introdujo a una investigación exhaustiva para descubrir porqué había perdido la letra “e” inicial de su nombre Elena, para ser solo “Lena”, no lo tomé mucho en cuenta. Sin embargo, Bárbara Colio, la autora, hace que esta búsqueda de Lena por el pasado de su padre para comprender el suyo propio se convierta en una auténtica historia que vale la pena leer.
La novela arranca con dos historias, en diferentes épocas, con el mismo personaje: el padre de Lena. Primero, al mostrarle una foto en la que aparece él en una exposición de asesinos seriales. Segundo, la historia milvecescontada cuando siendo bebé él posó para el fotógrafo Dubois, cuya imagen se exhibió en el aparador del negocio para convertirse en culmen del culto del pueblo para el niño retratado.
Lena sorprendida ante la primera historia se confronta con la segunda para comenzar la búsqueda de sus porqués. Agregando la pérdida de su “e” inicial.
Es septiembre y es la Ciudad de México. Entre fiestas patrias y desfiles kilométricos, Lena se da a la tarea vertiginosa de ir hurgando en la historia para hilvanar historias y descubrir los secretos familiares, entre ellos el porqué su madre la abandonó justo cuando Lena cumplió quince años.
Bárbara Colio logra un estupenda novela, en la que expone a profundidad a los protagonistas principales y con una narración sin ínfulas, pero casi con el acelerador a tope, para darnos en menos de 180 páginas una historia que merece ser leída con todas las letras.
En ese recorrido hacia atrás, Lena además va encontrando el amor a la vez que va desvelando sus secretos, que la llevan hasta Veracruz para encontrar lo que se le ha escapado de su vida, y enfrentarse en el presente a su propio pasado y al de su padre, que terminan por acomodarse y solo así poder asumir su historia personal en sus equipajes de vida.
Una caminata, una buena plática, una revelación extraña y secreta, una visita a un panteón, un viaje de ida y vuelta en camión, un amor huidizo y encontradizo, la explicación de la foto del asesino serial, la historia del culto del bebé de la imagen en el negocio de la fotografía, un incendio aclarado…
Un vértigo de novela que me dejó satisfecho en el descubrimiento de Bárbara Colio. ¡Cuántos autores y autoras que no conozco y que me dejan un buen sabor de boca! Tendré que seguir mi yo interior que me aconseja de pronto que vaya a las librerías y elija sin mayor reseña previa.
Al cerrar el libro y marcarlo con mi sello de relieve, regalo del Seminario, me recuerdo que mi gran amigo Jorge Traslosheros me llama “doc”, y repaso en mi mente que tengo una visita programado con él a la urbe de la Ciudad de México, a tomarme unas cuantas tazas de café, festejar la amistad, hacer un recorrido por el centro histórico -aunque esté invadido nuevamente por el mercado informal- y subir el cerro del Tepeyac. Habrá tiempo, si Dios lo concede.
Para cerrar, hago constancia que volví a fallar con el Premio Nobel de Literatura. Es ya costumbre. A Carson, la premiada, no la conozco. No soy de poesías, pero quisiera leerle su libro memorial sobre el Camino de Santiago. Ya les contaré.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!

