O Opinión

Historia de mis libros | La mujer que tenía los pies feos, de Jordi Soler

Divertido, caminaba por la playa de blancas arenas en la Cancún bella de aquellos años de mi mocedad increíblemente bien vivida. Eran las primeras horas de la mañana, cuando aún no había subido la temperatura que siempre invita a una cerveza helada. Llevaba mi cachucha con el logotipo de mi grupo musical favorito y solo me preocupaba en esos minutos de paz que no se acabaran para seguir gozando la playa.

Observé mis pies y descubrí en la uña del dedo, que no sé cómo se llama pero que yo siempre le he dicho dedo gordo, un color distinto. Raspé con mi dedo índice la cáscara que parecía se podría desprender de la uña del pie, pero no pude hacerlo. Hongos, fue la respuesta a mi pregunta de qué era aquello.

Desde esa lejana mocedad hasta el día de hoy he sufrido de hongos en las uñas de los pies. Fui con algunos especialistas y me recetaron pomadas, jabones, líquidos y protocolos de limpieza. No dieron resultados. Fui a los remedios caseros: mostaza, vinagre, agua oxigenada y destilada, ajo, vicks, mayonesa, salsa cátsup, betabel (palabra que por cierto le acabo de enseñar a Ethan y su pronunciación me da un poco de envidia), café soluble, té verde…

Sigo teniendo hongos. Me encanta usar huaraches y tengo un par que no utilicé este verano porque las uñas mostraban un color verdaceo que daba pena.

Por estas últimas semanas he tolerado las encomiendas de Alicia y de Dora. La heredera de mis libros me dijo en Oaxaca que bastara de remedios caseros y fuera con un especialista, pero a la cuenta de ya. He de confesar que no le he hecho caso. Dora me dio el teléfono de una clínica de podólogos y casi me saca cita para que fuera al día siguiente. No he acudido por mi reflexión: ¿acaso se asustará el podólogo cuando vea mis uñas multicolores y de aspecto de las grutas de Cacahuamilpa?

De cualquier manera, tengo la certeza de que más allá de mis entrañables hongos, poseo unos pies con gran belleza. Estoy seguro. Por ello, cuando vi el libro La mujer que tenía los pies feos, escrito por Jordi Soler, en la Librería Infinito de mis amigos Lili y Willie, no dudé en comprarlo para probar -como antítesis- la incomparabilidad de mis pies bellos.

A Jordi Soler ya lo había leído y me pareció un gran escritor. Fue un descubrimiento que me resultó grato. Con La mujer que tenía los pies feos he corroborado su escritura que me atrapa y me lleva a las primeras a imaginarme lo que va desarrollando con una narración ágil, elegante, profunda y con un toque de humor que me hace recordar a Jorge Ibargüengoitia.

En esta novela cuenta la historia de un productor cinematográfico mujeriego y dado a las bebidas caras que cae en los encantos de una mujer que le hace dar un vuelco en su vida sutil que ha llevado hasta entonces. Varsovia, que así se llama la susodicha, es una mujer extraña, no dada a los halagos y con un carácter movible a cada instante. Lo mismo es amable que caprichosa, encantadora que odiosa, elegante que valedora. Y tiene una virtud para el productor: tiene unos pies incomparablemente feos, al otro extremo que los míos.

Varsovia no es del tipo de mujeres que prefiere el productor, pero esto no es impedimento para el amor (or, or, diría Gil Gamés). El hombre cae rendido ante Varsovia. Cabe sin metáforas la expresión: cayó rendido a sus pies… feos.

En un viaje extraño al extraño país de Belice, en una extraña isla, el productor intenta seducir a la extraña Varsovia. Y aquí, con su genialidad narrativa, Jordi Soler da rienda suelta a su creatividad para transportarnos a la magia del proceso seductor de un hombre cualquiera ante la mujer amada. Y es que toda la capacidad que el productor tiene en su profesión no es suficiente en un proceso ordinario de seducción. Es decir, que ante el amor somos simplemente humanos. No importan las facultades profesionales que podamos poseer ante el encanto humilde de una actividad tan simple y tan divina como es el amor.

Así, creo que Soler se ríe de las capacidades de cualquier profesional para atrapar el amor. No es la profesionalidad lo que lleva al amor. El productor se olvida de todo lo que ha sido, cambia por completo sus maniobras amatorias y persigue con originalidad lo que perturba la inteligencia del corazón. No quiero ser spoiler de la novela, por lo que no debo decir que el productor consigue atrapar el corazón de Varsovia y toman el vuelo a Polonia para vivir en la ciudad homónima de la mujer que tenía los pies feos, donde un podólogo hará el increíble cambio a sus extremidades inferiores. ¿Revelé el final o solo lo pensé?

Y todo ello con una escritura increíblemente bella, como bellos son mis pies que ahora admiro, antes de poner miel de abeja con polen añejado por 90 días sobre las uñas de mis dedos gordos en aplicación del último remedio que me ofreció el amigo carnicero con el que platiqué mis hazañas cafeteras.

Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!