Durante la última asamblea del 2025 de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) se compartió un dato crucial a los líderes de la Iglesia católica: una tercera parte de los obispos diocesanos estaban sobre la edad de retiro (75 años) o muy próximos a cumplirla, con lo que se preveían inminentes y grandes cambios en las semanas subsiguientes.
Tras el anuncio, de cierto modo se pusieron en marcha una serie de nombramientos, traslados, promociones, sustituciones, así como movimientos en vertical y horizontal para reconstituir un nuevo colegio de obispos para una época distinta.
Pocos lo tienen en mente, pero entre los años ochenta y noventa del siglo pasado, básicamente fueron tres personajes los que configuraron el perfil episcopal en México. Internados plenamente en la nueva disciplina del pontificado de Juan Pablo II, los mexicanos Antonio López Aviña y Adolfo Antonio Suárez Rivera junto al perenne delegado y nuncio apostólico, Girolamo Prigione, no sólo consagraron a un volumen considerable de obispos nuevos (más de 60 en conjunto) sino que, entre sus entenados, estuvieron los pastores que justo destacaron en el liderazgo eclesiástico en el cambio de milenio: los cardenales Norberto Rivera, Carlos Aguiar, Juan Sandoval, Alberto Suárez y Felipe Arizmendi; así como los potentes obispos y arzobispos Emilio Berlié, Carlos Garfias, Rogelio Cabrera, Rafael Romo, Mario de Gasperín, Luis Reynoso, José Luis Chávez, Miguel Alba, Gustavo Rodríguez y un largo etcétera.
La esfera episcopal que hoy está prácticamente de salida (los últimos obispos consagrados por Prigione justo fueron Garfias y Cabrera que en este 2026 alcanzaron la edad de retiro) recibió de sus mayores dos o tres certezas: la instrucción juanpablista contra las teologías periféricas; la disciplina jerárquica y el orden burocrático por encima de la intuición o audacia pastoral; y cierta apologética adversativa ante el crecimiento de las sectas y el supermercado espiritual del New Age.
Sólo el papa Francisco, con su vendaval pastoral, teológico y disciplinar logró (con)mover a los obispos más modernos de aquella generación y advirtió un nuevo horizonte para la jerarquía católica en México: un mayor ejercicio y más evidente de la misericordia; un servicio pastoral en salida y audaz; y una autocrítica sobre ciertas ‘certezas’ accesorias que ‘enferman por encierro’ a los católicos.
Por ello, justo bajo la presidencia de Francisco Robles –el único cardenal arzobispo emergente fuera del círculo de la tríada precedente– comenzó el desarrollo del Proyecto Global de Pastoral 2031+2033 cuyas orientaciones están vinculadas a la defensa de la dignidad humana, al compromiso con las causas sociales y a promover un ‘caudal humanístico’ compasivo; sobre todo para “salir y misionar” en las periferias, especialmente con los adolescentes y jóvenes, y así “ser una Iglesia pueblo”.
Sin embargo, son precisamente los grandes liderazgos eclesiásticos del cambio del milenio los que están concluyendo su ciclo de gobierno y sus sucesores son los que están llamados a construir el proyecto que lleve a la Iglesia católica a confrontarse ante una realidad compleja con dos momentos imponderables:
¿Cómo vincular el sentimiento y fervor guadalupano a la dimensión histórica de responsabilidad institucional para la construcción generosa de una sociedad de paz en México? Y ¿cómo reivindicar la identidad liberadora y salvadora de la “Iglesia-pueblo” en medio de las sempiternas tentaciones de poder y privilegio, de élites y connivencias inconfesables que suelen conducir invariablemente a la corrupción y al desprecio de los humillados y los descartados?
Como se anticipaba, el arranque de este 2026 ha traído ya los primeros ajustes en el mapa episcopal mexicano: hay traslados y promociones de obispos a sedes diocesanas periféricas que están ‘abriendo paso’ a las grandes sacudidas que provocarán los nombramientos arzobispales en las provincias eclesiásticas (México, Guadalajara, Monterrey, Puebla, Oaxaca, Acapulco), algunas de las cuales en el pasado se consideraban como “sedes cardenalicias”.
Que no se dude que estos cambios tendrán muchísimo más impacto de lo que se puede hoy imaginar. Estos años se parecen un poco al periodo entre 1994 y 1997 en la Iglesia mexicana. Primero se promovió a Sandoval íñiguez de Ciudad Juárez a la Arquidiócesis de Guadalajara con todo y birrete cardenalicio; después se promovió a tres obispos de diócesis con ‘te’ (Tijuana, Tacámbaro y Tehuacán) para ser arzobispos de grandes sedes con ‘eme’: Mérida, Morelia y México (Berlié Belauzarán, Suárez Inda y Rivera Carrera); también se promovió a Martín Rábago, auxiliar de Guadalajara, como obispo de León (hoy arquidiócesis) y a Macías Salcedo, obispo de Mexicali a la arquidiócesis de Hermosillo. Luego vinieron otros obispos jóvenes que, de una u otra manera, han dejado ‘escuela’ en la iglesia mexicana: Cabrera López, Garfias Merlos, Aguiar Retes, Miranda Weckmann, Chávez Botello, Romo Muñoz y hasta Cepeda Silva. Son estos algunos de los nombres episcopales más relevantes de una era que está terminando; habrá que observar con cuidado cómo los movimientos y nombramientos nuevos hablarán de un horizonte católico mexicano distinto para las próximas dos décadas cuando menos.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

