El Mundial de Fútbol 2026 pondrá a México, Estados Unidos y Canadá en el centro del escenario durante algunas semanas. Por primera vez en la historia de este certamen serán más de 48 selecciones internacionales que disputarán 104 partidos (aunque sólo 13 en México) y claramente la oportunidad de derrama económica deslumbra a gobiernos y patrocinadores. Sin embargo, mientras las campañas de marketing y propaganda política saturan el espacio público, algunas organizaciones, como la Iglesia católica, manifiestan su inquietud sobre cómo exponderemos nuestras propias fracturas sociales.
No son pocos los comentaristas deportivos que reconocen que el ambiente no se compara con la euforia del Mundial México '86; pero, en el fondo, quizá no sea sólo falta de entusiasmo sino que persiste una realidad muy adversa que preocupa a la población.
En la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, sedes mundialistas, sus respectivos gobiernos presumen mejoras en seguridad, logística, organización y embellecimiento superficial de las ciudades, pero sus habitantes no parecen saltar de alegría. Y con razón: la capital de la República lidera a nivel nacional los índices de robo a transeúnte, robo en transporte público y robo de vehículos con y sin violencia; Jalisco encabeza las alarmantes cifras de abuso sexual infantil, con Puerto Vallarta y el centro de Guadalajara como focos rojos; y Nuevo León lidera en el país con problemas de delitos relacionados con narcóticos, específicamente ocupa el primer lugar en producción y el segundo en tráfico de sustancias ilícitas, según datos oficiales.
En la antesala de la recepción masiva de turistas, algunas organizaciones se preguntan qué tipo de visitantes atraemos; y a qué tipo de violencia silenciosa les estamos abriendo la puerta. La Arquidiócesis de México, a través de su Comisión de Protección a Menores, ha publicado un incómodo desplegado en el que esencialmente se alerta de los riesgos de trata de personas, abuso sexual y violencia que el Mundial de Futbol puede detonar. Frente a ello, ofrecen servicios de acompañamiento jurídico, psicológico y espacios de resguardo para víctimas; y claramente es un gesto que conecta con la exigencia pontificia de estar donde duele la dignidad humana.
Sin duda, una alerta necesaria; sin embargo, ¿qué hay del acompañamiento espiritual para los que no son víctimas, sino peregrinos del balón? La Iglesia católica en México, ante estos eventos magnos, solía abrir sus puertas para ofrecer misas en varios idiomas, atención religiosa a turistas, jugadores, entrenadores y familias. Hoy, no parece haber dicha oferta y sólo se ha planeado "extender el horario de servicio en algunos templos" porque, en realidad, muchos de ellos permanecen cerrados hasta 18 horas diarias.
En la mayoría de las sedes no hay una estrategia clara para recibir a los miles de coreanos, japoneses, sudafricanos, suecos, españoles, tunecinos, colombianos y demás que querrán celebrar su fe durante el torneo o que, aunque tengan un credo distinto, puedan conocer la profunda religiosidad cultural existente en México. A pesar de ser una organización de comprobada universalidad, la Iglesia católica parece no extender la mano a la oportunidad multicultural que tendrán las sedes mundialistas.
El mundial no es solo un riesgo, también es una oportunidad de ser universales, multilingües y hospitalarios; es decir, sin quitar un ápice de las intenciones de proteger a las víctimas potenciales, hace falta también el gesto de abrazar la sana alegría de la convivencia deportiva e intercultural; y, por supuesto, en términos eclesiales, la oportunidad se inculturar el Evangelio en esa diversidad momentánea.
Claramente, los megaeventos deportivos funcionan como termómetros de las desigualdades estructurales. Ciudades y pobladores se enfrentan a la agudización de sus crisis cotidianas: movilidad caótica, escasez de agua, acumulación de basura, gentrificación violenta y, en el caso mexicano, una violencia que no se detiene ante los reflectores. La vida en Monterrey, Guadalajara y Ciudad de México ya es estresante de por sí; y por ello, al sumar millones de visitantes no sólo supone retos logísticos y seguridad extraordinarios sino también implica un esfuerzo para mantener cotidianidades que no deben parar: salud, educación, trabajo, transporte, servicios urbanos, entretenimiento y, sí, manifestaciones religiosas.
Es loable que se activen redes de protección a menores y víctimas de trata. Eso es justicia profética. Pero también es misión eclesial recibir al forastero con los brazos abiertos, no solo con protocolos de emergencia. ¿Dónde están las misas en inglés, francés, portugués, alemán, coreano? ¿Dónde están los centros de acogida espiritual abiertos las 24 horas? ¿Por qué no se han anunciado actos que manifiesten la diversidad, tolerancia y convivencia interreligiosa en México?
No basta con bendecir los santuarios deportivos; porque la expresión de la fe y la religiosidad se encuentra en todos los espacios públicos y privados, y también ahí hay oportunidad de compartir con respeto y autenticidad el rostro creyente del pueblo mexicano. El Mundial no es puro negocio y tampoco es la sombra del miedo de un país al que no le faltan malquerientes; también es una oportunidad de convivencia, de alegría y experiencias edificantes. Y si la Iglesia no abre sus templos y sus corazones a la diversidad de lenguas y culturas, a la alegría de la buena nueva, seguirá siendo una institución que alarma y reacciona, pero que no sabe convocar a la esperanza.
Ojalá que el silbatazo inicial nos encuentre más humanos; claramente preocupados y ocupados en promover y defender la dignidad de todos, pero también abiertos al servicio, a dar y compartir, a la audacia, a "primerear, involucrarse y acompañar" -como diría el papa Francisco- para vivir y transmitir la fe con "alegría contagiosa" y "hacer lío" con creatividad y buena disposición.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

