Aguascalientes, Ags.- En el marco de los preparativos para el centenario del conflicto religioso y la guerra cristera (1926-1929), el reconocido historiador Jan Meyer ofreció una conferencia magistral donde, más que exaltar una gesta, hizo un llamado reflexivo a la sociedad, a la Iglesia y a la clase política para conmemorar esa página compleja de la historia nacional sin reavivar rencores. Meyer, investigador emérito francés naturalizado mexicano y una de las máximas autoridades mundiales en el tema, basó su discurso en décadas de investigación de campo y en un profundo conocimiento de las dimensiones local y global del conflicto.
Meyer llegó a México a los 22 años para investigar "un capítulo virgen" de la historia: la guerra cristera. En una época sin archivos accesibles, su metodología fue revolucionaria: recorrió las regiones cristeras con una grabadora para recuperar directamente las voces y testimonios de los protagonistas. Su obra, se señaló, ha permitido ver a los cristeros no como "campesinos fanáticos, sino como seres autónomos que actuaban racionalmente para defender su cultura", y ha demostrado que "el pueblo católico no sólo resistió, sino que a la larga salió fortalido mostrando así no sólo resistencia, sino también resiliencia".
Jan Meyer inició su intervención leyendo una conmovedora carta de Francisco Campos, un hombre de Durango, que sintetiza la motivación de muchos alzados: "Unos hombres hicieron porque Dios, Nuestro Señor, se ausentara de sus templos... pero otros hombres hicieron porque volviera otra vez... Lo que vieron fue defender a su Dios, a su religión, a su patria...". Esta defensa, explicó Meyer, tuvo un episodio precursor en Aguascalientes con el intento de toma del Templo de San Marcos en 1925, un evento que "casi prendió la mecha del conflicto religioso".
El historiador enfatizó que para entender la Cristiada es necesario salir del ámbito local. Explicó que el conflicto mexicano se enmarca en una pugna milenaria entre la Iglesia y el Estado, intensificada con la Revolución Francesa y su etapa jacobina "anticristiana y antirreligiosa", y que encontró un paralelo contemporáneo en la política soviética.
El intento de crear una "iglesia cismática" en México, dijo, seguía el modelo de Lenin para debilitar a la Iglesia Ortodoxa Rusa, lo que generó gran alarma en el Vaticano. "La tragedia... en San Marcos, Aguascalientes, tiene que ver con la revolución bolchevique y con la Unión Soviética", afirmó.
Sin embargo, Meyer advirtió sobre los riesgos de la memoria. Citando al poeta Paul Valéry, recordó que "la historia es el producto más peligroso de la química del intelecto... porque vuelve a las naciones amargas, orgullosas, les quita el sueño, reabre viejas heridas".
Con esta premisa, lanzó un claro mensaje: "yo no quiero que el año del centenario sea un motivo o un pretexto... no se trata de reabrir heridas, no se trata de quitar el sueño, no se trata de evocar venganzas y ajustes". Pidió prudencia a obispos, sacerdotes y políticos de todos los bandos.
Meyes también mencionó que fue la misma Sociedad de Naciones la que, reinvindicando el papel que las instituciones internacionales deben tener frente a los abusos contra los derechos humanos, condenó a la Unión Soviética y a México en 1936 por violaciones a la libertad religiosa.
A través de un recorrido fotográfico, Meyer ilustró la variedad de la resistencia: desde las masivas manifestaciones cívicas y la suspensión del culto público, hasta la guerra de guerrillas. Mostró la escasez de imágenes del conflicto, atribuida a una censura radical que incluso destruyó películas extranjeras.
Destacó figuras como el cristero Aurelio Acevedo y mujeres organizadas en las Brigadas Juana de Arco, cuya capacidad de guardar secreto fue "absolutamente extraordinaria". El académico relató, por ejemplo, que el líder Aurelio Acevedo le contó que no quiso aprender inglés porque estaba seguro de que habría una guerra con Estados Unidos "y no quería entender al enemigo que tendría que matar".
También compartió el caso de Carmelita Robles, originaria de Huejuquilla, Jalisco, que derrotó en el debate público al general federal Juan Bautista Vargas; provocando así, según la tradición oral, que el militar ordenara su muerte.
Meyes también relató algunas anéctodas de varios sacerdotes católicos que tomaron las armas durante el conflicto; ya fuera para participar como soldados rasos (como el padre Miguel Pérez Aldape) en medio de las acciones militares o para dirigir batallones de cristeros, como el caso del sacerdote Reyes Vega, un estratega militar de los católicos que derrotó al general del ejército federal, Saturnino Cedillo, en una guerra campal, tras la cual -comentó- el religioso fue ultimado por un propio feligrés católico combatiente "porque tenía la fama de ser un Pancho Villa en sotana".
Resaltó, por tanto, que no hubo una sola Cristiada, sino muchas, con realidades regionales distintas. Mientras en estados como Jalisco, Colima o Michoacán hubo levantamiento armado, en otros como Oaxaca, Chihuahua o Chiapas prevaleció una resistencia pacífica gracias a acuerdos tácitos con autoridades locales, mostrando que "hay tantas cristiadas como hay regiones de México como hay variedades de maíz y variedades de chiles".
Llamado a la reconciliación y una advertencia
Meyer evitó caer en la apología de la violencia. En cambio, mostró una fotografía simbólica para él: el general federal juchiteco Heliodoro Charis, respetado por los cristeros por su trato humano, posando frente a una bandera cristera. "Esa es, para mí, la visión que debemos conservar", afirmó. Contrastó esta imagen con el álbum de atrocidades que un coronel federal enviaba al general Joaquín Amaro para "presumir" sus fusilamientos, una cruda realidad que no quiere que sea el centro de la conmemoración.
El historiador expresó su temor de que el centenario sea instrumentalizado por ambos extremos: por "católicos tontos" para avivar resentimientos, o por enemigos de la religión para renovar discursos de intolerancia: "No quiero que esa gente vuelva a aprovechar precisamente el centenario", subrayó. Confió en que una posible visita del papa León XIV, quien conoce bien México, podría ser un factor de equilibrio y paz.
Para concluir, Meyer compartió la reflexión final, según testimonios familiares, del propio expresidente Plutarco Elías Calles, artífice de las leyes más anticlericales: "Cuando yo me lancé contra la iglesia es que yo no sabía que en cada hogar mexicano había una virgen de Guadalupe". Esta frase, para el historiador, encierra la lección fundamental: no subestimar la fe profunda de un pueblo. Su conferencia fue, en esencia, un llamado a recordar el pasado con rigor, pero sobre todo con prudencia, para honrar la memoria sin envenenar el presente.

