Madrid, España.- El primer día de León XIV en Madrid tuvo un cierre emotivo y elocuente. Después de los actos institucionales en el Palacio Real y la visita a un centro de Cáritas, el Papa se trasladó a la Plaza de Lima, a las puertas del estadio Santiago Bernabéu. Allí le esperaban cientos de miles de jóvenes llegados de toda España. La vigilia de oración comenzó a las 18:30 horas, con testimonios y actuaciones musicales. A las 20:30, el Pontífice apareció en el papamóvil. El clamor de La Castellana anunció su llegada.
El sábado 6 de junio fue un día de gran actividad en la capital del reino. Coincidieron la Feria del Libro en el Parque del Retiro, un concierto de Bud Banny en el auditorio Metropolitano, una corrida de toros en Las Ventas y el tercer partido de cuartos de final de la ACB entre el Real Madrid y el Tenerife. A pesar de la oferta, miles de jóvenes eligieron la fe. Muchos llegaron desde provincias lejanas.
El Papa sostuvo primero un encuentro con un grupo pequeño de jóvenes para dialogar y responder a sus preguntas. En la primera y a petición de una chica, enumeró algunos de sus santos de referencia. Mencionó a Juan Crisóstomo, Padre de la Iglesia oriental conocido como “boca de oro”, alabó su valentía para hablar ante el poder que representaba el emperador y su coherencia de vida. En ese tenor, mirando su propia trayectoria recomendó a los jóvenes:
“No tengan miedo jamás de pensar en una vocación a la vida sacerdotal, a la vida religiosa o a otros servicios en la Iglesia”.
El pontífice que halló su vocación en la Orden de San Agustín citó a santo Tomás de Villanueva, agustino español, obispo de Valencia en el siglo XVI, conocido como “el Obispo de los pobres”. Su caridad, dijo, le alentó en momentos de prueba. Y, nuevamente mirando su propia experiencia de servicio eclesiástico, también nombró a santo Toribio de Mogrovejo, misionero en el Perú -como él- pero desde España al Nuevo Mundo en el siglo XVI. Destacó que estudió las lenguas locales, unió oración y justicia frente a los abusos de su época: “Para mí es un modelo de entrega al pueblo, especialmente a los más pobres, en el nombre de Cristo”, afirmó.
Sobre sus años en Perú, León XIV recordó: “El encuentro con las heridas y las alegrías del pueblo me hicieron crecer en el camino del seguimiento de Jesús. Mientras lo anunciaba, también yo era transformado por el Evangelio”.
Durante el encuentro, también hizo otro llamado vocacional a la juventud española: "El matrimonio también es una vocación. No tengan miedo al matrimonio y de formar una familia". El mensaje del Papa a una sociedad que ha visto reducida la natalidad de una forma sostenida en las últimas décadas y la postergación (si no la cancelación) de los adultos jóvenes a la vida matrimonial; fue inmensamente reproducido en las redes sociales y los noticiarios nocturos de esa velada.
El silencio como escuela de discernimiento
La segunda parte del discurso abordó cómo reconocer la voz de Dios entre tantas voces. El Papa propuso tres claves. La primera: el silencio. “Cuando buscamos el silencio, decidimos qué no escuchar y de qué ruidos no dejarnos distraer. Al liberarnos del estruendo de mil voces, reconocemos que algunas engañan nuestros deseos, otras nos compran sin alimentarnos, otras hablan por interés”, dijo. Añadió una advertencia: “En el silencio comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece. ¡Búsquen siempre la verdad! ¡Dios es verdad! ¡Si te lleva lejos de Dios, no es verdad!”.
La segunda clave: la certeza de que Dios conoce la voz de cada uno. Citó el Salmo: “El que hizo el oído, ¿no va a oír?”. La tercera clave: escuchar la Palabra de Dios y la adoración eucarística: “La adoración eucarística, que esta noche compartimos, es el lugar adecuado para guardar silencio, liberar el corazón y ‘estar’ nosotros mismos ante el Señor”.
'Sean humanos. ¡Ustedes pueden cambiar la historia!'
El Papa respondió también a preguntas sobre el compromiso de los jóvenes cristianos en la sociedad. Recordó la Carta a Diogneto: “Los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo”. Afirmó que los discípulos de Jesús son siempre contemporáneos, pero nunca prisioneros del tiempo. “Somos libres en Cristo. Somos libres de las modas, porque somos discípulos de la verdad”.
Lanzó una misión concreta: “Ante el vacío de la indiferencia y del conformismo, ante la violencia de la guerra y de la mentira, sean ustedes mismos chispa de una humanidad nueva. Quiero confiar a todos ustedes una misión: que sean humanos. Sí, ¡sean humanos! Hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables”.
Concluyó con un grito de aliento: “La caridad es la virtud que cambia la historia más que ninguna otra. ¡Ustedes pueden cambiar la historia! ¡Háganlo con el amor!”.
El momento central de la vigilia no fue el discurso, sino lo que vino después. El Papa presidió una adoración eucarística. El coro, situado a la izquierda del altar, entonó el Majestad: “Cristo murió, resucitó y de reyes es rey”. La plaza entera quedó en silencio. Un silencio comparable, según testigos, al que Joseph Ratzinger provocó en Cuatro Vientos durante la JMJ 2011, cuando levantó la custodia bajo la tormenta.
Al concluir el profundo silencio de la adoración, volvieron a la plaza la música, los cantos y los fuegos artificiales. Los obispos abandonaron el recinto mientras los jóvenes coreaban.
Pero muchos, que esa noche dormirían en el suelo de parroquias madrileñas, guardaban en el corazón una frase: “Sean humanos”. Y la certeza de que el Papa les había dado una receta a contracorriente: silencio, discernimiento, verdad y amor.
TE PODRÍA INTERESAR

