En la vida, en nuestro entorno, entre “los nuestros” y en uno mismo a veces, el sufrimiento se presenta en forma grave, tanto que llega a ocasionar la muerte, tras un tiempo de sufrimiento. Y muchas veces nos preguntamos ¿Por qué Señor, por qué? Lo normal es no entender esos males, que algunos, en desesperación, ven como un castigo divino injustificado. Pero no lo es. El sufrimiento de las buenas almas que Dios permite siempre tiene para Él un sentido.
Oramos y las cosas malas no cambian y nos preguntamos desesperadamente si realmente Dios nos escucha o no. Pero cuando pensamos con real espíritu cristiano encontramos una respuesta. Él nos dará algo muy valioso a cambio de nuestro dolor. Y en su sabiduría decide lo mejor para nuestras almas, algo que a veces llega a ser verdadero milagro científicamente hablando, como las sanciones milagrosas comprobadas.
En ocasiones el sufrimiento sucede por fenómenos naturales, como terremotos, inundaciones, hambrunas, climas drásticos de calor o de intenso frío, que nos dañan, destruyen, enferman y matan. Dios creó el universo y le dejó procesos de desarrollo que se presentan digamos mecánicamente. Un terremoto no es una decisión del Señor para dañarnos, es un evento que sigue las reglas de la naturaleza y que Él permite.
Pero lo que más nos impacta son las enfermedades, en especial las degenerativas como el Alzheimer o la esclerosis lateral amiotrófica, y las terminales, en especial el cáncer, que tanto se presenta en nuestros días. Y en estos casos, el enfermo y quienes son cercanos a él y que lo quieren se preguntan, como digo: ¿Por qué Señor, por qué?
La verdad es que en general no tenemos humanamente respuesta a esa pregunta. Sin embargo, para Dios siempre tiene un sentido. El sufrimiento de enfermedades graves tiene para Él un sentido profundo, que es ganar el cielo, cuando ese sufrimiento se ve como un extraño camino de Dios para tener grandes méritos para el cielo. Todos somos pecadores, en mayor o menor grado, y por arrepentimiento nuestras culpas las perdona Dios en diversas formas. Una de ellas, postmortem, es el purgatorio, pero otras veces es realmente un purgatorio en vida.
Pero la enfermedad no es necesariamente pagar una pena por los pecados, es una prueba que permite ganar un mayor cielo, una mayor gloria con el Señor. La historia de la cristiandad nos da muchos casos de santos que sufrieron enfermedades como las citadas, y las vieron no como castigo o algo parecido, sino como una oportunidad, digamos, de merecer un mayor lugar en la compañía eterna de Dios. Veamos el caso de una monjita carmelita, que murió muy joven por tuberculosis, que se despertaba con dolor y se dormía con dolor, que siempre ofrecía al Señor, pero que en unos cuantos años de su corta vida conventual dejó un testimonio maravilloso de espíritu cristiano. Me refiero, claro, a Santa Teresita del Niño Jesús.
Y aún entre religiosos y laicos comprometidos con la evangelización ha habido sufrimientos, que son ocasiones de mérito celestial. La EWTN (Eternal Word Television Network) fue fundada el 15 de agosto de 1981 por la Madre Angélica en Alabama, convirtiéndose en la red de medios católicos más grande del mundo. Y con todo ese mérito de evangelización, la Madre Angélica pasó varios años enferma antes de su muerte, por secuelas tras un de un derrame cerebral severo. ¿Sufrió como castigo? Por supuesto que no, sufrió como una oportunidad de ganar más el cielo.
Pensemos en el trayecto de vida con grave enfermedad de alguien de los nuestros y cuál podía ser su pensamiento al respecto y ante Dios. Pensamiento a veces expresado verbalmente y muchas otras solo como reflexión interna. Creo que quienes son buenos cristianos, con todos los defectos de conducta que puedan tener, de alguna manera pensarán que algo bueno debe tener ese sufrimiento ante los ojos del Señor. Los santos sufrientes graves en vida han sabido y saben que ese dolor tiene un valor especial ante Dios y que en la vida eterna les será reconocido, que no queda en la nada.
Quien ha sufrido esas graves enfermedades, como el cáncer en particular, y las soporta con verdadero espíritu cristiano, de alguna manera siente que Dios se lo va a reconocer. Sabe no que se trata de un castigo, pues no lo merece, sabe que la naturaleza del cuerpo tiene esas posibilidades de enfermar con dolor por diversos orígenes, algunos conocidos por la actual ciencia médica y otros que aún desconciertan a la medicina profesional. Y que una enfermedad puede en unos casos remitirse por la ciencia médica y otros no. Los médicos y otros científicos se enfrentan a muchos misterios, que a través del tiempo han ido descubriendo. Y los enfermos y quienes les quieren saben que a veces hay curación completa, otras parcial o no la hay.
Cristianamente, debemos pensar que los caminos del Señor son a veces inescrutables para nosotros, pero que de ninguna manera nos va a permitir un daño de salud sin que no sea una ocasión de acercarnos a Él y ser recompensados conforme a su divina misericordia y amor. Cada dolor es una prueba y cuando la superamos vamos ganando más cielo. De esta manera, un ser querido que muere por ejemplo clásico de cáncer terminal y que sabemos tenía espíritu cristiano, debe hacernos pensar que el Señor amoroso y misericordioso le reconoció su sufrimiento y que lo tiene merecidamente en su gloria.
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