La exótica, provocadora y polarizadora gira en México de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, puede leerse desde muchas perspectivas; pero indudablemente sería una torpeza no identificar estos actos como parte de los esfuerzos de un sector político que busca imponer una lectura uniforme, estrecha y simplista sobre la realidad, e ideologizar tanto la historia como la memoria, instrumentalizando de paso a personajes e instituciones.
Más allá de las polémicas o de los respectivos usufructos políticos de los discursos de glorificación de uno u otro bando; ha pasado casi desapercibido un hecho que cuestiona profundamente a las estructuras e instituciones católicas mexicanas: Entre los varios actos frustrados del equipo de la política madrileña destacó la cancelación de la Misa en la Catedral Metropolitana de México, promovida por sus correligionarios ideológicos y que originalmente llevaba por título “Celebración por la Evangelización y el Mestizaje en México. Malinche y Cortés”.
El primero de mayo, la propia Arquidiócesis de México invitó a la prensa a cubrir el inocente acto que, “en colaboración con el artista Nacho Cano”, iniciaría con una Celebración Eucarística presidida por el obispo auxiliar de México, Javier Acero Pérez. La cordial invitación a los medios de comunicación explicaba que tras la Misa habría un “espacio de testimonios y expresiones musicales, en el que distintas voces compartirán reflexiones sobre la historia, la identidad y el presente de nuestro país”.
Es decir, que desde el primer momento, la Iglesia capitalina sabía que el acto no se limitaría a lo litúrgico y sacro sino que habría “voces” que darían su opinión sobre la identidad del pueblo mexicano, “voces” que hablarían sobre el mestizaje “como una realidad viva”. Esas voces que, sin embargo, desde el populismo nacionalista asfixian a la identidad bajo monolitos absolutistas (una sola patria, un solo lenguaje, una sola fe).
La posibilidad de que este evento tuviera originalmente la venia y beneplácito de la Arquidiócesis de México se debe a que Grupo Salinas, patrocinador de la producción del musical ‘La Malinche’ de Nacho Cano, cuenta con asistencia eclesiástica formal instituida por el cardenal Carlos Aguiar Retes a través de una figura denominada “parroquia personal” y su párroco Ángel Lorente.
A pesar del entusiasmo inicial, dos días después, la misma Iglesia de México retiró la invitación a los medios de comunicación pues “la Celebración por la Evangelización y el Mestizaje en México… se llevará a cabo de manera privada”. La Arquidiócesis se disculpó con la prensa asegurando que la solicitud de privacidad la había demandado Nacho Cano “quien ha expresado su deseo de realizar la grabación de la Santa Misa para propósitos personales”.
La Iglesia arquidiocesana, por desgracia y aún sin lograr reconocerse como esa instancia que a lo largo de 500 años ha acompañado las transformaciones sociales, políticas y culturales en estas tierras, seguía considerando que el acto (el cual ya asomaba todos sus intereses ideológicos-privados, político-partidistas y comercial-faranduleros) daba “significado de la labor evangelizadora, del trabajo generoso de los misioneros y del mestizaje”. Quizá sin mucha reflexión, al legitimar un acto utilitario y corto de visión sobre la ‘evangelización y mestizaje’, se daba a sí misma la espalda y a su quincentenaria presencia entre el pueblo.
Por cierto, en esta década, se está conmemorando escalonadamente el medio milenio de presencia de los misioneros católicos, frailes mendicantes, monjas de clausura y misiones católicas así como la fundación de las primeras diócesis en esta región del mundo.
Claramente esto no se puede simplificar como “cinco siglos de amor” ni “cinco siglos de abuso”; pero si alguna institución guarda testimonios, documentos, archivos, recintos, objetos y personajes históricos que ayudan a comprender el complejo e intempestivo proceso de colisión entre culturas, el mestizaje y la evangelización es la Iglesia católica.
Ella ha sido testigo del doloroso nacimiento de los pueblos nuevos, de sus tradiciones hibridadas, de las sinuosas veredas del sincretismo religioso, de la riquísima construcción lingüística hispano-indígena y de una diversa expresión cultural que, por milagro o terca resistencia, no ha sido sometida del todo ni bajo fantasiosas homogeneizaciones ni bajo uniformismos ideológicos.
El epílogo del desafortunado episodio quedó para la historia en el comunicado del 4 de mayo en el que la Arquidiócesis anunció la cancelación del evento apenas unas horas antes de realizarse. Se explicó que la cancelación se debió a que “la producción responsable no reunió la totalidad de los permisos necesarios para la grabación en el recinto”. Sin embargo, si así hubiera sido, el comunicado no habría estado tan profuso en explicaciones no solicitadas.
La Iglesia insistió en precisar que la celebración no era para rendir homenaje a Hernán Cortés (centro del encono que motivó a sectores también despistados a buscar boicotear el evento; y figura del homenaje que al final Ayuso sí promovió junto a Nacho Cano), explicó que la ceremonia con el artista era para “unirnos en oración por el mestizaje, por los frutos de la evangelización en México, y por la paz entre los pueblos”; y que, “en ningún momento, se planeó una celebración que diera pie a posicionamientos políticos o ideológicos, o emitir mensajes que buscaran la confrontación”.
Obviamente, iba a ser imposible impedir dichos posicionamientos en la Catedral de México tal y como sucedió después en la sede alterna donde se elogió a los agentes bélicos de la hispanidad como “protagonistas” de la historia de Occidente mientras se celebró que las “Malinches” indígenas aún habiten el metro y las calles de España.
Apenas a tiempo la Iglesia capitalina logró desmarcarse de esa burda instrumentalización de la fe, de la religión, del idioma y de a cultura mexicanas. El riesgo, sin embargo, aún persiste: la ideologización y la instrumentalización de la riqueza espiritual y cultural de los pueblos es la única estrategia actual de los grupos políticos carentes de imaginación, legitimidad y audacia.
En el México de hoy se pervierte el sentido del martirio de los cristeros para reivindicar ambiciones políticas electoreras; se glorifica la Conquista para combatir la pluralidad y diversidad cultural del país; se instrumentaliza a los pueblos originarios para justificar la apropiación cultural desde las élites del poder; es decir: se usa la fe y la tradición como herramienta política utilitaria y desechable.
Ojalá esto lo tengan en mente los obispos de la Iglesia católica: bajo su cuidado está la única institución que ha sobrevivido las grandes transformaciones de la vida pública del país. No por haberse involucrado en los intereses políticos mundanos (con sus salvas excepciones) sino por mirar un horizonte superior al de los poderes temporales, por tocar a profundidad la realidad prehispánica y post-hispánica, porque en estos 500 años, independientemente del tipo de régimen o gobierno existente en estas tierras, ha bautizado, casado y dado santa sepultura a decenas de generaciones de manera ininterrumpida.
Es decir, ha participado con mayor o menor tacto en la educación, en la construcción de hábitos e identidades, y en las tradiciones. Por supuesto, la Iglesia estuvo allí cuando se cometieron los abusos inhumanos de la colisión militar y bélica, y en la imposición sanguinaria de órdenes y costumbres; pero también estuvo en el paciente gesto educativo interlingüístico y en la asimilación de las nuevas expresiones populares.
Sobre todo, tuvieron entre sus filas a las audaces voces proféticas que entregaron su sayo en compromiso con la dignidad del ser humano y de su alma.La Iglesia llama a esto “inculturación”; y ese es el corazón de su misión. Lo otro es pura ideologización, que va de la mano de la imposición; porque no sólo pretende moldear el pensamiento político o cultural de un grupo adoctrinado sino que reclama, como si fueran propias, las tierras y las fronteras ajenas.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

