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O Opinión

Coronavirus o nuestra fragilidad

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Incalculables afectaciones está produciendo la pandemia del COVID-19. Hay temor y, sobre todo, incertidumbre ante lo que pueda venir. Los contagios se multiplican y las defunciones aumentan. Todos nos sentimos obligados a cambiar nuestros planes, para adecuarnos a la realidad. Y Dios, ¿dónde está? ¿Qué tiene que ver en todo esto?

Hace más de diez años, cuanto tuvimos la crisis del virus AH1N1, muchísimo menor que la presente, varios no le dieron importancia, calificando lo que decían los medios informativos y los gobiernos como un simple distractor, una jugada política. Sin embargo, las muertes de entonces fueron reales y contantes. En mi anterior diócesis, un hermano religioso, que traía algunos problemas pulmonares, falleció, pues todo se le complicó. Varias personas mayores de edad, y algunas mujeres embarazadas, murieron, por complicaciones que se conjugaron con otras enfermedades que padecían. No de todos los casos se dio información, pero los efectos mortíferos fueron comprobados.

Ahora, no faltan irresponsables que toman a broma la situación y no le dan la importancia que merece. Hay quienes difunden fake news, noticias falsas, que descontrolan y hacen mucho daño a la comunidad. Parecen adolescentes caprichudos, antojadizos e inventivos, que podrían ocupar sus capacidades en cosas más positivas. Con la salud y la vida, no se juega.

Como se han impuesto restricciones para las prácticas religiosas comunitarias, no falta quien adjudica esto a una persecución de la masonería contra la Iglesia… ¡Por favor! Qué poca información tienen. Esto no es un asunto religioso, sino de salud global.

Entonces, ¿Dios nada tiene que ver en esto? Culparlo como si Él nos hubiera enviado esta bestia apocalíptica, y como si el ser humano no fuera responsable, es tener la idea de un Dios castigador, vengativo y antihumano. Nada de eso. Dios está en todo, pero nos deja completa libertad. Sin El, no viviríamos. Pero nos hizo capaces de construir este mundo conforme nosotros queramos, aunque nunca está ausente y lejano. Si queremos, podemos dejarnos guiar por su Palabra, y entonces las cosas marcharían mucho mejor. Pero si no le hacemos caso, si endiosamos el dinero, la ciencia, la tecnología, el progreso, el disfrute de todo sin ética, sin moral, sin principios trascendentes, nosotros mismos provocamos el caos. El nos pone en frente el agua y el fuego; nosotros podemos meter la mano a lo que queramos, y hemos de asumir nuestra responsabilidad.

Aumentan los casos de cáncer, no por castigo de Dios, sino por usar tantos químicos, cuando importa más el dinero que la salud. Vino la plaga del VIH no por culpa de Dios, sino por no hacerle caso y llevar una vida inmoral. La droga y el alcohol pueden ser benéficos para la salud y la vida, pero si se consumen en forma indebida, generan daños de todo tipo. No le echemos a Dios las culpas de las que nosotros somos responsables. Si en China, como me afirmó una doctora, quisieron hacer experimentos que se les salieron de control y provocaron este virus, Dios nos asiste y nos acompaña, porque es un buen padre que está cerca de sus hijos aunque se equivoquen, pero la responsabilidad es humana, también si no tomamos las precauciones debidas.

En su homilía del pasado Miércoles de Ceniza, el Papa Francisco dijo:

“Comenzamos la Cuaresma recibiendo las cenizas: “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás” (cf. Gn 3,19). El polvo en la cabeza nos devuelve a la tierra, nos recuerda que procedemos de la tierra y que volveremos a la tierra. Es decir, somos débiles, frágiles, mortales. Respecto al correr de los siglos y los milenios, estamos de paso; ante la inmensidad de las galaxias y del espacio, somos diminutos. Somos polvo en el universo. Pero somos el polvo amado por Dios. Al Señor le complació recoger nuestro polvo en sus manos e infundirle su aliento de vida (cf. Gn 2,7). Así que somos polvo precioso, destinado a vivir para siempre. Somos la tierra sobre la que Dios ha vertido su cielo, el polvo que contiene sus sueños. Somos la esperanza de Dios, su tesoro, su gloria.

La ceniza nos recuerda así el trayecto de nuestra existencia: del polvo a la vida. Somos polvo, tierra, arcilla, pero si nos dejamos moldear por las manos de Dios, nos convertimos en una maravilla. Y aún así, especialmente en las dificultades y la soledad, solamente vemos nuestro polvo. Pero el Señor nos anima: lo poco que somos tiene un valor infinito a sus ojos. Ánimo, nacimos para ser amados, nacimos para ser hijos de Dios.

No podemos vivir para ir tras el polvo que se desvanece. Si vivo para las cosas del mundo que pasan, vuelvo al polvo, niego lo que Dios ha hecho en mí. Si vivo sólo para traer algo de dinero a casa y divertirme, para buscar algo de prestigio, para hacer un poco de carrera, vivo del polvo.

Valemos mucho más, vivimos para mucho más: para realizar el sueño de Dios, para amar. Los bienes terrenos que poseemos no nos servirán, son polvo que se desvanece, pero el amor que damos —en la familia, en el trabajo, en la Iglesia, en el mundo— nos salvará, permanecerá para siempre” (26-II-2020).

Oremos mucho al Señor, dueño de la vida y de la historia, que nos ilumine y nos fortalezca con su Espíritu, para volver a lo esencial: dejarnos amar por nuestro Padre Dios, amarlo a Él sobre todas las cosas, amarnos unos a otros, evitando dañar a otros con nuestros males y nuestras imprudencias, ayudar a los enfermos, ancianos y más débiles, y acatar las indicaciones que nos vayan dando nuestras autoridades civiles y religiosas. Eso es lo que Dios nos pide en este momento. Y que la Virgen María, auxilio de afligidos y salud de enfermos, nos acompañe con su intercesión.