Sábado, 28 Enero 2023

O Opinión

La pastoral que brilla entre la pandemia

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Nunca en la historia de la humanidad, un fenómeno pandémico como el que experimentamos en este 2020 ha afectado y trastornado tanto a tantas personas, sus pueblos y a sus dinámicas sociales. Para millones de personas la vida ha cambiado radicalmente y el mundo parece no ser ya el mismo.

Es cierto que esta realidad exige muy específicos gestos y acciones para compartir y relacionarnos con nuestros semejantes y seres queridos; pero la pandemia no puede definir todas las expresiones humanas y allí es donde se puede recobrar el sentido del futuro.

La aparición del COVID-19 como el meteorito simbólico de nuestros riesgos contemporáneos ha provocado diversas crisis sociales; sin embargo, no pocas voces han afirmado que el virus ha evidenciado principalmente la profunda y ampliamente aceptada crisis humana que crece al amparo del ‘egoísmo indiferente’.

El papa Francisco ha llamado a la imprescindible tarea de ‘reconstruir el mundo’ sin perder la esperanza en medio del sufrimiento y del desconcierto que los grandes cambios provocan: “Nuestra civilización necesita bajar un cambio, repensarse, regenerarse”, escribió en su libro La vida después de la pandemia. Y, para los católicos, ese cambio y regeneración tiene posibilidad de expresarse en el amplio horizonte de la pastoral.

En la Constitución Pastoral Gaudium et Spes que lleva por subtítulo ‘Sobre la Iglesia en el mundo actual’, los padres del Concilio Vaticano II actualizaron el sentido que la palabra ‘pastoral’ tenía hasta aquel entonces y que sintetizaba así la formación sacerdotal preconciliar: “El poder pastoral de la Iglesia consiste en el derecho y deber de gobernar a sus súbditos”.

El nuevo sentido de ‘pastoral’ puede intuirse en varios fragmentos de la citada Constitución. Para el nuevo escenario postconciliar, la pastoral ya era ‘ayuda que, a través de sus hijos, la Iglesia procura prestar al dinamismo humano’ y sentenciaba: “Recuerden todos los pastores que son ellos los que con su trato y trabajo pastoral diario exponen al mundo el rostro de la Iglesia”. Y llama especialmente a los creyentes a volcarse a través de ‘distintos medios pastorales’ a fortalecer a las personas y a las familias “humana y pacientemente en las dificultades y confortarlos en la caridad”.

Por tanto, la pandemia -que ha definido tantas esferas de la realidad- no puede someter la pastoral. A lo largo y ancho del mundo, donde hay comunidades cristianas, han brillado por su creatividad y compromiso cientos de iniciativas desde la Iglesia para ‘ayudar al dinamismo humano’ y a fortalecer a las familias en medio de las dificultades y el dolor.

Incontables párrocos que no abandonaron su misión de ‘cura de almas’ cuando debieron cerrarse los templos, que erigieron comunidades virtuales para llegar a donde la pandemia no les dejaba; pastores que han buscado y descubierto algo de ‘realidad’ en los lenguajes ‘virtuales’ por donde transitan tantas necesidades humanas. También los formadores que exploraron las oportunidades de las ‘iglesias domésticas’ donde las familias en aislamiento aún podían vivir expresiones de su fe mientras enseñaban el valor de la paciencia, el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, la respetuosa convivencia y el culto por medio de la oración y la ofrenda de sus vidas en medio de las adversidades.

Y merecen una mención sumamente especial, todos los promotores, donantes y voluntarios que, para paliar otros efectos nocivos derivados de la pandemia como la pobreza, el desempleo, la hambruna, la desesperanza y la falta de atención médica, han salido a ofrendar los dones de la generosidad para asistir a los hermanos en miseria. Esos son ejemplos de una pastoral que también brilla entre la pandemia.

Como ha insistido el papa Francisco “es tiempo de eliminar las desigualdades, de reparar la injusticia que mina de raíz la salud de toda la humanidad” y las expresiones pastorales son los medidos que tienen los católicos para atender esta responsabilidad cristiana. Pastoral de creatividad con sentido de fe, con los lenguajes necesarios y con la audacia de seguir intentándolo en comunión.