Ciudad de México.- En el inicio de la Semana Santa, México se prepara para vivir una de sus tradiciones más complejas y arraigadas. En Bajo llave, los periodistas reflexionan sobre estos acontecimientos que no son solo una mera conmemoración religiosa, sino de un entramado sociocultural que moviliza a millones de personas y que, en los últimos años, ha tenido que navegar entre la devoción popular, la intervención política, la mercadotecnia y las amenazas de la violencia.
La Pasión de Iztapalapa: de la promesa al patrimonio
La reciente declaración de la Representación de la Pasión de Iztapalapa como Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO ha puesto nuevamente en la mesa de debate el valor y los retos de estas expresiones de fe.
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La historia de la Pasión de Iztapalapa es, en esencia, la historia de una comunidad. Su origen data del siglo XIX, cuando tras un brote de cólera que azotó la zona, los pobladores prometieron representar la muerte y resurrección de Jesucristo como acto de fe para pedir protección y salud. Lo que comenzó como una promesa se ha convertido 183 años después en un fenómeno de masas.
Los periodistas aseguran que una de las características más singulares de esta representación es su arraigo comunitario. A diferencia de otras parroquias donde se utilizan imágenes de madera articuladas, en Iztapalapa la figura de Jesús es representada por un ser humano. Esto implica un proceso de selección riguroso: los jóvenes elegidos para interpretar a Jesús y a María deben ser católicos, solteros y sin hijos, garantizando así una identificación simbólica con los personajes bíblicos. La organización recae en un comité de los ocho barrios de Iztapalapa, que se encarga de los ensayos y la logística, buscando mantener la autonomía de su tradición.
El análisis de periodistas especializados revela una tensión constante en la gestión de esta tradición. Durante años, la relación con la Iglesia Católica formal ha sido distante. Mientras que en el pasado hubo intentos de acercamiento por parte de la jerarquía eclesiástica, como el del cardenal Norberto Rivera, estos fueron recibidos con recelo por los organizadores, quienes prefieren mantener su independencia. En contraparte, el interés político, particularmente de partidos como el PRD a través de la antigua delegación, ha sido una constante, buscando capitalizar la popularidad del evento.
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La reciente declaratoria de la UNESCO, que reconoce el valor cultural y social de la tradición, ha abierto una nueva fase. Se ha establecido un convenio con el gobierno federal para garantizar seguridad y protección civil, un apoyo necesario ante la magnitud del evento, pero que también despierta el temor entre los organizadores de perder el control sobre su propia celebración.
El dolor como ofrenda: Los nazarenos
Más allá del espectáculo teatral que reúne a más de un millón de personas, existe una dimensión espiritual profunda que a menudo es opacada por el ruido mediático y turístico. Los nazarenos son el ejemplo más claro de esta religiosidad popular. Estas personas, muchas veces por mandas o agradecimiento, recorren las estaciones del Viacrucis cargando pesadas cruces, descalzos y bajo un sol inclemente.
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Esta práctica, conocida como expiación corporal, representa una conexión directa entre el sufrimiento físico y la petición de un milagro o la acción de gracias. Para los expertos, la masificación del evento y el foco en la producción audiovisual (transmisiones de televisión y redes sociales) corren el riesgo de diluir el sentido trascendental de estos actos de fe. Sin embargo, defensores de la tradición sostienen que la emoción vivida durante el recorrido sigue generando una profunda identificación espiritual en los asistentes.
Otras tradiciones en riesgo
Mientras Iztapalapa se consolida como un imán turístico, otras tradiciones enfrentan contextos adversos. La emblemática Procesión del Silencio en Taxco, Guerrero, conocida internacionalmente por su solemnidad y sus penitentes encapuchados, ha visto reducida la duración de sus recorridos debido a la violencia en la región. La inseguridad también ha impactado en las misiones de Semana Santa que solían realizar universidades y grupos juveniles en zonas rurales, las cuales se han cancelado por el riesgo para los participantes.
Otras tradiciones, como la quema de Judas o la instalación de altares del Viernes de Dolores, han ido transformándose. Mientras que en lugares como Iztapalapa o el centro de Tultepec se mantienen, en colonias más alejadas de la capital han desaparecido o se han vuelto meramente comerciales, alejándose de su simbolismo religioso original.
En el podcast Bajo llave La Semana Santa en México es un reflejo de la complejidad del país. Es un crisol donde conviven la devoción más íntima con el espectáculo de masas, la organización comunitaria con el interés institucional, y la tradición centenaria con los desafíos de la modernidad. Mientras la UNESCO otorga un nuevo estatus a estas expresiones, las comunidades organizadoras luchan por preservar el núcleo de su fe: un pueblo vivo que, a través del dolor y la representación, sigue manifestando su identidad. La invitación para propios y visitantes es a acercarse a estas tradiciones con respeto, buscando entender más allá del espectáculo, la historia y la devoción que las sostienen.

