Santa Cruz de Tenerife, España. – El papa León XIV puso punto final a su viaje apostólico al reino de España en los territorios de ultramar en las Islas Canarias. La jornada comenzó en la mañana, con un vuelo desde la base aérea de Gran Canaria (Gando) hacia Tenerife Norte-Los Rodeos. El pontífice acudió de inmediato al centro de acogida temporal “Las Raíces”, uno de los principales dispositivos de emergencia para migrantes llegados en cayuco. En momentos de máxima presión llegó a albergar a más de 2 mil 500 personas. Actualmente acoge a unos 600 residentes.
León XIV fue recibido por la ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz. En su discurso, afirmó que “el amor de Dios no conoce fronteras, no hace distinciones, se da a todos y nos congrega en la unidad”.
Puso como ejemplo a los santos canarios Hermano Pedro y José de Anchieta, “migrantes que se dirigieron hacia lo desconocido, llevando como principal equipaje la fe, la esperanza y la caridad”. Invitó a los residentes del centro a ofrecer “el tesoro de humanidad, de sueños y de cultura que han traído a estas islas” y a estar abiertos a recibir. Subrayó que las migraciones “pueden ser una ocasión de encuentro y enriquecimiento mutuo entre los pueblos”, citando su encíclica Magnifica humanitas.
La Laguna: 'Integrar es impedir el segundo naufragio'
El Papa se desplazó luego a San Cristóbal de La Laguna, sede de la diócesis de Tenerife. La plaza del Cristo de La Laguna, bajo un sol intenso, se llenó de fieles. El Pontífice improvisó un discurso desde el balcón del Obispado. Comenzó con una observación: “Me ha llamado la atención lo que se ha dicho de esta ciudad: que es una ciudad sin murallas, una ciudad abierta”. Reflexionó que “las barreras más difíciles de derribar no son siempre de piedra. A veces están en la mirada, en el miedo o en la indiferencia”.
“El mar trae hasta nosotros historias que no siempre sabemos leer: historias de dolor, de esperanza y de búsqueda”, dijo. Defendió el “lenguaje de la cercanía, ese que se comprende más con las manos que con las palabras”. Comparó la integración con la escritura braille: “La palabra puede abrirse camino también por medio del contacto”. Criticó las miradas que “convierten un rostro en cifra, una historia en expediente y una diferencia en distancia”.
“Integrar no significa borrar la historia de quien llega ni exigirle que deje atrás todo lo que forma parte de su memoria. Tampoco significa crear mundos paralelos, cerrados unos a otros, donde las personas conviven sin encontrarse realmente”, afirmó. Subrayó que es un camino recíproco: quien llega aprende a habitar una tierra nueva; quien recibe aprende a ensanchar su propia casa.
Luego lanzó un mensaje directo a los traficantes de personas: “Quienes se aprovechan de la desesperación; quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio. ¡Deténganse! ¡Conviértanse!”, exclamó. “Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios. El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro”.
Advirtió: “Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina. Vuelvan mientras aún hay tiempo”.
Agradeció a Cáritas, a la Delegación de Migraciones y a las parroquias por hacer posible que quien un día fue acompañado pueda convertirse en “puente para otros, devolviendo el amor recibido”. Pidió a los católicos que la integración no quede reducida a una tarea social. “Quien llega a nuestras parroquias necesita pan, techo, lengua, trabajo y protección; y también debe encontrar una comunidad capaz de ofrecer caminos para conocer a Jesucristo”. “Déjense también evangelizar por ellos”, pidió.
Misa en el puerto: 'Ningún ser humano es una isla'
La última celebración eucarística tuvo lugar en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Más de 35 mil fieles, según estimaciones, se congregaron. El altar estaba presidido por la imagen de la Virgen de Candelaria, patrona de Canarias, y dos relicarios de los santos canarios. León XIV llegó en papamóvil mientras sonaba el himno oficial de la visita, Alza la mirada. La multitud le cantó: “León, amigo, Canarias está contigo”.
En su homilía, el Papa afirmó: “Ningún ser humano es una isla; hemos nacido para el encuentro y no hay obstáculo, distancia, peligro o amenaza que pueda impedir a cada uno su viaje”. “Este es el secreto del corazón: la llamada íntima al éxodo y al encuentro”, dijo.
Preguntó: “¿Qué busca el corazón humano? ¿Cómo responder a su sed de manera no engañosa?”. Advirtió contra reducir todo a comercio y beneficio. Citó a Francisco en Laudato si’ sobre la prisa constante que atropella el ambiente. Elogió la “riqueza de los pobres”, una paradoja que remite a Jesús. “Es a los pequeños, a los que nadie estima capaces de pensamiento y de palabra, a los que Dios se ha revelado”.
Frente al drama migratorio, propuso una actitud radical: “La gracia más grande es que nos dejemos evangelizar por aquellos a quienes socorremos”. Citó su exhortación Dilexi te: los pobres han aprendido muchas cosas que conservan en el misterio de su corazón.
Concluyó con un deseo: “Quien se sumerge en el Corazón de Cristo ya no vive para sí mismo. ¡Abran a todos este mar de amor! Es mi deseo y mi oración para ustedes”.
El obispo de Tenerife, Eloy Santiago, agradeció al Papa y le dijo: “El Papa es uno de los nuestros, así lo sentimos y lo recordaremos, Santidad. León XIV es también canario y en estas islas tendrá siempre su casa”.
Avería en el avión y regreso a Roma
La despedida no salió según lo planeado. El avión de Iberia que debía trasladar al Papa y a la comitiva vaticana de regreso a Roma sufrió una avería. León XIV ya había subido la escalerilla y saludaba desde lo alto. Tuvo que bajar y regresar al interior del aeropuerto. La incidencia técnica resultó grave. Inicialmente se anunció un retraso de media hora, luego se informó que llegaría un avión de sustitución desde Madrid, lo que suponía tres horas de espera más.
El rey Felipe VI, presente en la ceremonia de despedida, cedió su jet privado. Cerca de la el pontífice subió a bordo de la aeronave real. Le acompañaban el cardenal Ángel Fernández Artime, el arzobispo Paul Richard Gallagher, el cardenal Pietro Parolin y el sustituto de la Secretaría de Estado, Paolo Rudelli. El Papa llegó al aeropuerto de Roma-Fiumicino a las 23:05, tres horas después de lo previsto.
Los periodistas que iban a cubrir la rueda de prensa en el vuelo se quedaron en tierra y regresaron más tarde en el avión de reemplazo.
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