—Escríbeme algo para el portal digital.
—Yo, encantado.
—Algo distinto.
—Tú bien conoces cuáles son mis temas, y por dónde me muevo. Te puedo escribir en relación con esos temas.
—No. Escribe sobre libros…
Estábamos Jaime y yo sentados compartiendo una mesa cuadrada y pequeña en una cafetería donde el café se disfruta en serio. Me puse circunspecto. Nunca había escrito textos largos sobre libros, fuera de los mensajes en Twitter.
Además sufría un terrible miedo al síndrome de la página en blanco. Había escrito sin parar de 1984 al 2000. Me di un respiro de ocho años. Lo dejé en el 2010. Volví en el 2012 y no había escrito nada desde 2016. Nada. Lo había intentado unas dos docenas y no había pasado de tres frases mal hechas. El miedo se convirtió en pavor. Y cuando ya no quise que fuera a peor, dejé de intentarlo.
En esas estaba cuando me llegó la invitación de Jaime. Le había escrito algunas cosas anteriormente y me invitó a tomarnos un café como antaño, como antes de pandemia. Acepté gustoso. Estábamos por irnos, por la hora del cierre de la cafetería cuando me soltó la frase “escríbeme algo para el portal digital”. Dije que encantado, pero por dentro tenía un pavor de que yo dijera que sí. Y dije sí. Cuando nos despedimos me recriminé.
Piensa en el nombre de tu columna, me dijo Jaime. El último que había utilizado era el del Hermano Pródigo, pero era de cuestiones religiosas, y aquí no cabría. Jaime me había dicho que escribiera sobre libros, no precisamente reseñas de libros. Me abría el panorama.
No creo tener el talante ni la cultura ni el conocimiento para escribir reseñas. Me gustan los libros. Quizá sea más un hombre de libros que de lecturas. Me precio de tener un buen número de libros, la mayoría de ellos no los he leído completos, pero me siento acompañado cuando por las noches llego a casa y me siento frente a mi librero y me dejo arropar por la ciencia, la buena prosa, la espiritualidad, la historia y el buen humor de todos los libros, que cada vez que los veo me guiñan el ojo derecho como queriendo flirtear con mi alma.
Así, una noche después del diálogo inicial, me senté en mi sillón y comencé a hablar con mis libros. Tomé unos de política y uno de filosofía. Tres de Susanna Tamaro, mi favorita. Temporada de Huracanes, de la tocaya Melchor. Dos de Ratzinger, que algún día será doctor de la Iglesia. Y uno más de Joaquín Antonio Peñalosa…
Me piden que escriba de ustedes. ¿Qué se les ocurre? Opinen.
Comencé a hojear y a ojear. Recordé cómo es que llegué con Susanna. Cuando Alicia me puse como regalo Introducción al cristianismo, de Ratzinger. La primera vez que leí aquellos interminables párrafos de la Melchor. Por qué está manchada la página 31 de Cien años de soledad…
Pude entender en esa reflexión nocturna que los libros me han acompañado buena parte de mi vida. Si recordamos bellos pasajes de la vida a través de personas que nos han acompañado por este sendero, me reconocí yo en mi propia vida no a través de las personas sino a través de mis libros. Claro que recuerdo personas magníficas, pero son los libros, testigos no tan mudos, que han sellado diferentes etapas de mi vida y que siguen allí, estoicos y pacientes, esperando que abra sus páginas para demostrarme que su sabiduría sigue intacta para cuando desee sumergirme en la tinta que crea letras que juntas forman palabras que se enhebran con otras para crear frases que la vista las capta, el cerebro les da un significado y el alma las guarda para atesorar la vida que no se acaba.
Luego abrí a Peñalosa y descubrí el camino.
No se trata de escribir reseñas. No soy yo el más indicado para ello. Pero puedo comentar cómo es que el libro apareció en mi vida y se hizo historia en mí y en mi alrededor. Cómo es que el libro me escogió a mí, indigno lector de ideas tan magnificas que soy incapaz de asimilarlas. Cómo es que una persona, tan ajena a mí, pudo equilibrar mi alma y pudo sosegar el corazón atribulado con frases precisas. Cómo es que mi historia se hizo una con el libro. Cómo es que el libro fue capaz de alentar sentimientos tan elevados en un ser tan pequeño y chato como su servidor. Cómo es que la palabra escrita se hizo Palabra…
Peñalosa me guio. A él se lo debo. También a tantos y tantos autores que me han comunicado sus palabras, sus conocimientos y su sabiduría. No soy solo yo, sino el cúmulo de otros que se han hecho yo.
Las Historias de mis libros llegan con este texto a cien publicaciones. Nunca pensé que aquel reto pudiera llegar a tanto. Recuerdo la primera vez que me senté -como hoy- frente a mi vieja Mac para escribir la primera historia. Con el pavor del síndrome de la página en blanco solté las manos y dejé que siguieran lo que indicara el alma. El alma se desató. Cien publicaciones después, mirar el pasado me reconforta. Estoy haciendo lo que me gusta. Espero seguir haciéndolo. Tengo proyectos con libros. Por las noches me siguen cobijando. Me dan consejo. Aceptan mis desvaríos. Dialogo con ellos. Me reprenden. Los critico. Les rayo lo cordial. Me responden.
Del Padre Dizán aprendí a dialogar con los libros. Dora me hizo la fiesta de mis 50 años con la temática de libros, incluido un pastel en forma de libro con sus hojas abiertas. Alicia heredará mis libros. Fer los verá desde lejos, igual que la Fer. Ethan sigue siendo un misterio frente a ellos, y quien venga después será más misterio.
Mi historia es una sola con las historias de mis libros.
Ya les platicaré mi experiencia en la FIL de Guadalajara. Será un concierto que hará vibrar mi alma.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!

