Fue en febrero de 1986. En Sisoguichi.
Paco Ortiz Mendoza, de cariño 'El Chivo', a la sazón subdirector de Notidiócesis, nos había encomendado una tarea especial. Se desarrollaba en el entonces Vicariato Apostólico de Tarahumara el Sínodo, encabezado por el Obispo Pepe Llaguno y guiado por Mons. Samuel Ruiz. Estos y otras más personalidades se hallaban reunidas en Sisoguichi en aquel 86, que se convertiría por otras razones en un verano muy caliente en Chihuahua.
La primera noche en ese pueblo hermoso enclavado en la Sierra Madre Occidental nos agarró una buena helada. Estábamos sentados en una banqueta algunos laicos con religiosas y sacerdotes. René Molina, mi primo, y yo habíamos ido a reportear el Sínodo para Notidiócesis y alguien nos prestó unas cobijas. Otro sacó una guitarra y comenzó la fiesta. A determinada hora de la noche que se convertía en madrugada se cantó “Todo tiene su hora”, una adaptación musical del capítulo 3 del libro bíblico del Eclesiastés. Wow.
Una y otra vez, cuando dominaba el agobio en mi vida, volvía a Eclesiastés tres. Me daba paz saber que todo tiene su tiempo, que todo lo que está debajo del sol tiene su hora… que hay tiempo de sembrar y tiempo de cosechar, tiempo para reír y tiempo para llorar, tiempo para sufrir y tiempo para gozar…
Cuando me alcanzaba la ansiedad ante las mil cosas que tenía qué hacer, me sentaba en la parte trasera del patio de la casa paterna y tomaba el Eclesiastés tres para que volviera la paz a mi atribulado corazón.
Cuando planeaba el futuro cercano y no salía de acuerdo al plan trazado, me acongojaba sobremanera, entonces entre las macetas de mi madre y un árbol de tronco incierto ante las mil cosas que revoloteaban en mi cerebro, a la sombra de una tarde perdida abría el Eclesiastés tres y una tranquilidad llenaba mi atribulado corazón.
Eclesiastés tres era mi lugar de respiro. El tiempo y el lugar del tiempo.
Por eso, aquella tarde que se alargaba ante un viento que llenaba de polvo todo el patio de la casa rosalina me detuve ante el libro Mil cosas, del español Juan Tallón, anunciado en un portal de reseñas que habitualmente visito. Me guiñó el ojo derecho.
Así se anunciaba. “Mil cosas es una novela sobre la vida absolutizada por el trabajo, las agendas ocupadas, el estrés cotidiano, la fragmentación de la atención, la velocidad de las cosas, las pequeñas tragedias y las grandes penurias a las que las metrópolis nos abocan…”.
Después de buscarla dos meses, una semana, cuatros días y veintitrés minutos la encontré en la librería, la verdadera librería, del mall más grande de Chihuahua. No esperé más. Antes de apagar la luz de la lámpara del buró ya casi a medianoche de aquel mismo día, ya había recorrido dos docenas de las 149 páginas de la novela de Tallón.
Mil cosas narra el último día cotidiano de Travis y Anne, junto a su hijo de casi un año de edad, antes de salir de vacaciones.
Anne trabaja en lo que podríamos llamar un call center. Llega en autobús a su centro de trabajo. En una jornada laboral atiende mil cosas divergentes, y tiene que mostrar una empatía para sortear los vericuetos de los clientes para salir avante de su trabajo.
Travis es subdirector de una revista y justo ese día es el cierre de edición de la revista. Travis conduce el auto familiar y es el encargado de llevar al niño a la guardería. Este día es particularmente ajetreado con mil cosas por atender. Los columnistas retrasados, el tema de portada, el marketing que aún no está terminado, el fotógrafo que sugiere mil cosas, una comida que atender con los dueños del conglomerado editorial, la reparación del auto, el aire acondicionado en su casa, el hackeo de una tarjeta departamental…
O sea una día cotidiano de una persona ordinaria con un trabajo normal. Mil cosas por hacer en una horario restringido y un tiempo limitado. Un tiempo limitado.
Mil cosas de Tallón revela lo que ya sabemos. Somos una sociedad estresada porque nos llenamos de mil cosas aun sabiendo que no podemos hacerlas en una jornada diaria. Pero Mil cosas revela con astucia, ironía, sarcasmo y audacia literaria lo que no queremos aceptar: somos una sociedad estresada porque nos llenamos de mil cosas aun sabiendo que no podemos hacerlas en una jornada diaria.
Sí. Juan Tallón enciende el entramado cotidiano para decirnos que debemos bajarle al montón de cosas que nos impiden vivir la vida. ¿Vale la pena intentar hacer mil cosas a costa de vivir en el extremo del abismo para derrumbarnos al vacío?
Mil cosas retrata a la perfección la vida en el siglo XXI, en el que se nos ofrecen con gran facilidad los últimos avances de la tecnología para que hagamos más rápidas todas las actividades diarias para tener mayor tiempo para acumular mayores actividades y vivir siempre en el estrés porque no tenemos tiempo para el tiempo. ¡Vaya paradoja! ¡Ni Chesterton! No olvido el final inesperado de Mil cosas… Ni mi Eclesiastés tres.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida! Es Cuaresma, de hecho el final de la Cuaresma, tiempo de bajar revoluciones a la vida para disfrutar las celebraciones de Semana Santa.

