Domingo, 07 Marzo 2021

O Opinión

Arturo Lona (1925-2020), obispo de los pobres

Inicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivado
 

Que don Arturo Lona Reyes sobreviviera hasta la víspera de su 95 cumpleaños a pesar de los múltiples intentos de los enemigos de la justicia por acallarlo parecería bastar para enarbolar a este obispo católico entre los ilustres servidores del pueblo; y, sin embargo, el icónico pastor de Tehuantepec fue un poliedro de anécdotas cuyas enseñanzas siempre conducen a poner la mirada en los necesitados, en la infatigable búsqueda del bien común y la perenne labor a favor de una esquiva justicia social.

Quienes tuvimos la oportunidad de charlar con él, atesoramos su capacidad narrativa, la forma en que actualizaba las parábolas evangélicas en los pueblos y los tiempos por los que él caminó hasta ser llamado ‘El Obispo de los Pobres’: Una denuncia de abuso y despojo de pronto se convertía en un ejemplo de conciliación pastoral; un caso de persecución política lo transformaba en un modelo de diálogo; una inocente convivencia con niños dejaba una enseñanza sobre la justicia y la pobreza; y un acto de discriminación contra los indígenas y marginados se tornaba en pura resistencia y dignidad.

En su ‘Testamento espiritual’ Lona dejó las dos siguientes certezas: “Consciente de mi condición de hijo de Dios… soy fruto de la cultura que se fue conformando en el siglo XX”. Es decir, su vocación sacerdotal no podía entenderse fuera de su contexto; la mística de su fe se reflejaba en la tierra, en los pobres, los indígenas y los desamparados de un siglo cuyos trepidantes eventos transformaron enteramente la piel del mundo, pero no el alma del hombre ni sus necesidades de bienestar o de trascendencia.

Fue hijo de la persecución religiosa, devoto formando en una Iglesia preconciliar, sacerdote en la desafiante serranía indígena y obispo del Concilio en la profunda cintura istmeña; pero, sobre todo, Lona fue un pastor que abrazó la teología liberadora: “Dios no ha querido dejar al hombre abandonado, le revela las verdades, determina las obras y ofrece su gracia para liberarlo del error, liberarlo del vicio, liberarlo del mal y ayudarlo en sus necesidades”.

Comprendió que su ministerio fue “como un poder que se vuelve servicio incondicional al pobre, al indígena”; y, al llamar las cosas por su nombre (quizá en ocasiones con más pasión que prudencia), provocó la incomodidad en otros poderes, en los apertrechados tras el dinero, la política o las ínfulas de suntuosidad. Fueron aquellos poderes los que intentaron minar su andadura entre los pueblos de la diócesis de Tehuantepec y las comunidades indígenas de México: “Recuerdo la tercera Conferencia Episcopal Latinoamericana de Puebla, reunión a la que (yo) debería de haber asistido por ser presidente de la Comisión de Pastoral Indígena de la Conferencia Episcopal Mexicana, pero hubo fuerzas extrañas que lo impidieron”.

De las elegantes zancadillas institucionales (muchas, por desgracia, conformadas desde su propia Iglesia y de sus hermanos obispos) hasta los atentados directos contra su vida, Arturo Lona compartió con los pobres las humillaciones normalizadas de un sistema cultural que acalla los dolores y carencias de los miserables mientras enaltece y recompensa más a los que más tienen y siguen acumulando bienes y privilegios en detrimento de sus congéneres. Pero eso no detuvo su impulso ni su decisión de promover el bien social desde la Iglesia mediante la conformación de escuelas y universidades, organizaciones sociales, asociaciones autónomas de campesinos, cajas de ahorro, cooperativas de producción y clínicas rurales.

Con su muerte, el continente americano pierde quizá al último de los obispos de la generación de la difícil resistencia ante el vaticanés (ese lenguaje que llena horas de homilías sin decir nada), el statu quo y la jerarquía religiosa aliada al poder. Esto no quiere decir que no haya algunos pastores que aún buscan servir en los meandros de la exclusión, la pobreza y la injusticia, pero la llegada de Francisco al solio pontificio ha reivindicado a estos luchadores y los ha puesto de ejemplo en una ruta que la Iglesia católica tiene frente al siglo XXI: ser pobre, para los pobres, defensora de la dignidad de los pueblos, promotora del cuidado de la Creación, espacio de diálogo, hospital para heridos, misionera cuyo cayado se asienta en las periferias y sólo visita a los palacios para dar voz a los humildes.

Esto se lo hizo saber al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, en 2019. El tabasqueño basó su campaña electoral bajo el eslogan ‘Por el bien de todos, primero los pobres’ y Lona no desaprovechó la oportunidad: “Le tomo la palabra, comience por el sur (del país) que es el más golpeado”. Desde su mirada, Lona contempló el potencial esplendor de una nación que necesita ser reconstruida comenzando con lo más básico: “Aún hay gente con hambre. ¿Crees que no me da desesperación ver que los niños no tienen qué comer o que los ancianos no tienen para la medicina? Eso es terrible. Yo no puedo estar dormido, indiferente ante tanta desgracia que hemos pasado, yo digo: Mi casa después, primero la de los pobres. Primero la casa de los pobres antes que los templos. Primero las casas, primero las escuelas, primero los hospitales”.

Descanse en paz, don Arturo.