Bogotá, Colombia.- Mientras las grandes corporaciones tecnológicas concentran el poder sobre los algoritmos, los datos y la infraestructura digital, el Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM) acaba de presentar un documento que invita a repensar el rumbo de la inteligencia artificial (IA).
Bajo el título “Inteligencia artificial y desarrollo humano integral”, un grupo interdisciplinario de académicos, obispos y expertos en ética propone sustituir el llamado “paradigma tecnocrático” por un modelo centrado en la dignidad de la persona, el bien común y el cuidado de la casa común.
La necesidad de estas reflexiones parte de lo apuntado por el papa Francisco: “La tecnología da a quienes detentan el conocimiento y el poder económico un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero”.
El texto, elaborado por el Grupo de Trabajo de Frontera Tecnológica del CELAM y aprobado el 23 de marzo de 2026, es el segundo de una serie iniciada en el año 2025. Su principal aporte es articular la reflexión ética y teológica con el análisis concreto de los impactos ambientales, laborales y sociales de la IA, algo poco frecuente en los debates actuales.
Tecnología no neutral, poder sin control
Una de las tesis centrales del documento es que “los productos tecnológicos reflejan la visión del mundo de sus creadores, propietarios, usuarios y reguladores”. Frente a la creencia generalizada de que la tecnología es neutral, los autores —coordinados por el filósofo José Sols Lucía— sostienen que el paradigma dominante impone una “racionalidad instrumental” que reduce la vida a datos, eficiencia y rentabilidad.
El papa Francisco ya había denunciado en Laudato si’ (2015) que la raíz de la crisis socioambiental es “una manera de entender la vida y la acción humana que se ha desviado hacia una lógica de dominio”. Ahora, el CELAM aplica ese diagnóstico a la IA: la opacidad algorítmica, la concentración del saber en unas pocas empresas, la monetización de las emociones y la aceleración cultural sin discernimiento son algunas de las dimensiones de un “paradigma tecnocrático” que, según el documento, amenaza con cosificar a las personas.
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La IA como ecosistema material y humano
Por ello, lejos de considerar la IA como un fenómeno inmaterial, el estudio desmenuza su infraestructura física: extracción de minerales críticos (litio, cobalto, coltán) en territorios a menudo afectados por conflictos ambientales; consumo masivo de energía y agua en centros de datos; y montañas crecientes de basura electrónica que terminan en países empobrecidos. Los autores citan casos concretos como la oposición comunitaria a la minería de tierras raras en Penco (Chile) y los basureros electrónicos no regulados en África y Asia.
En el plano laboral, el documento rescata el concepto de “trabajadores fantasmas”: cientos de miles de personas en Kenia, India y América Latina que etiquetan datos o moderan contenidos por salarios inferiores a dos dólares la hora, expuestos a traumas psicológicos y sin protección social.
“Detrás de la aparente autonomía de la IA existe un amplio contingente de trabajadores invisibilizados”, advierte el texto, que propone estándares como el marco Fairwork (trabajo justo) para garantizar condiciones justas.
El paradigma alternativo: desarrollo humano integral
Como contrapeso, los autores recuperan sesenta años de doctrina social de la Iglesia: desde Populorum progressio (Pablo VI, 1967) hasta las encíclicas de Francisco y los discursos del papa León XIV. El “desarrollo humano integral” no se agota en el crecimiento económico; abarca todas las dimensiones de la persona —biológica, psíquica, moral, relacional y espiritual— y debe incluir a todos, sin exclusiones.
Aplicado a la IA, este paradigma exige que la tecnología refuerce las capacidades humanas en lugar de suplantarlas, que reduzca asimetrías de información y que amplíe el acceso efectivo a salud, educación y justicia. También demanda una “ética del límite”: no todo lo técnicamente posible es moralmente admisible.
El documento integra el enfoque de capacidades del premio Nobel Amartya Sen y la filósofa Martha Nussbaum, añadiendo la dimensión espiritual. Así, propone una gobernanza ética con principios claros (dignidad, justicia, subsidiariedad, transparencia), evaluaciones de impacto algorítmico, supervisión humana significativa y educación digital crítica.
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La Iglesia llamada a la acción pastoral
El capítulo final del estudio está dedicado a la misión de la Iglesia en América Latina y el Caribe. Los autores insisten en la necesidad de formar a obispos, sacerdotes, religiosos y laicos en ética digital, tecnoteología y uso responsable de la IA. Mencionan buenas prácticas ya en marcha: chatbots parroquiales que responden consultas en zonas rurales de México; análisis de datos demográficos para planificar la apertura de capillas en periferias urbanas de São Paulo; y el “Kit de Herramientas de IA para un mundo solidario” de Cáritas América Latina.
También proponen la “sinodalidad digital”: caminar juntos como Iglesia también en los entornos digitales, usando plataformas para escuchar al pueblo de Dios sin sustituir el encuentro presencial. Sugieren crear observatorios de ética de la IA en las conferencias episcopales, promover hackathones éticos con jóvenes católicos y desarrollar contenidos evangelizadores con estándares de transparencia como los Content Credentials (C2PA) para combatir la desinformación.
El documento también se inspira de la orientación pontificia de los últimos años por ejemplo, el papa León XIV, en un discurso de octubre de 2025, instó a la ciudadanía a “utilizar la tecnología con sabiduría, pero no dejen que la tecnología los utilice”. Y la nota vaticana Antiqua et nova (2025) recuerda que “la IA no posee la riqueza de la corporeidad, la relacionalidad y la apertura del corazón humano a la verdad y al bien”; al igual que Francisco profetizó: “Siempre tiene que haber supervisión humana en el uso de la IA”.
Llamado a la corresponsabilidad
Lejos de posturas apocalípticas o ingenuamente optimistas, el documento del CELAM aboga por una “ética de la esperanza”. Reconoce la complejidad de la policrisis actual, pero confía en que es posible reorientar la técnica. Como escribió Elinor Ostrom —única mujer Nobel de Economía—, no hay panaceas, pero sí caminos de responsabilidad compartida.
El texto remata con un clamor espiritual que no sólo manifiesta la devoción continental a María de Guadalupe sino que revela una respuesta ante los desafíos tecno-científicos pues si la Virgen Morena “supo grabar su imagen en una humilde tilma nos inspire hoy a ‘imprimir’ también en estos nuevos códigos digitales los rasgos del rostro amoroso de Cristo”. La pregunta, concluyen, no es si habrá IA, sino “qué tipo de IA queremos, para qué la queremos y bajo qué criterios la pondremos al servicio del bien común”.
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